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19 de agosto de 2011

Un grano de arena

Ella en frente del gran espejo. Se siente insignificante, una nonada. Su cuerpo, recién sumergido en agua tibia, chorreaba y su larga melena se aferraba a su piel suave y tersa. La superficie que le devolvía su reflejo la intimidaba. Le estaba enseñando descaradamente su desnudez y eso le producía inseguridad. Incómoda, se acercó a verse a si misma. Empezó por su bello rostro. Escondido tras un mechón rebelde había un resto de su adolescencia que se mostraba reticente en marcharse. Bajó su mirada un poco hasta sus senos turgentes, los cogió entre sus manos para inmediatamente apartarlas, sonrojada. Agudizó un poco más la vista para ver una cosa que jamás había visto antes en su cuerpo. Una peca, oscura. No estaba ahí hacía un par de días. O quizás si y ella no lo había visto. Era un puntito perdido en medio de la carne, solo eso.
El descubrimiento se hubiese podido quedar allí, pero su mente empezó a sacar apresuradas conclusiones. Quien sabe si falsas o ciertas. Era pronto para saberlo. Volvió a mirarse la peca, pero desde distintos ángulos. Y por eso entonces de ver una manchita marrón le pareció ver un cáncer. Melanoma, un tumor de las células. Se espanta y abre los ojos de par en par. No, no, no, no! Pero no llegan ni a salir de su garganta. "Dicen que es un cáncer de jóvenes, y yo estoy en la flor de la vida..."
Se pone la ropa aprisa y tiene que abrocharse los sostenedores más de una vez de lo mal que se los ha puesto. Sale corriendo vestida y con el pelo empapado.
-¡Madre! - y un punto de desesperación tiñe su voz. - Pídeme hora para el dermatólogo, ¡ya!

12 de agosto de 2011

Magia negra

Me moría de calor ahí sentada en el vagón del tren. Las piernas se adherían al asiento y la ventana abierta poco bien me hacía. Así que me fui a fuera. Era uno de esos trenes antiguos de hace casi un siglo y que entre vagones hay un espacio para estarse. Antes de entrar en el túnel tuve suficiente tiempo para empaparme de la belleza de las vastas tierras que me rodeaban. Campos y pequeñas casas desperdigadas y más lejos, las montañas. Cuando por fin entramos y la luz queda atrás me dispongo a que la hermosura de la oscuridad me envuelva.
Las paredes parecen correr justo en mis narices como si quisieran igualar, en vano, la velocidad del viento. La luz que proviene del vagón queda reflejada en la piedra y veo como las sombras danzan rápidas. Pronto caeré bajo el influjo de las tinieblas. Siento como el aire helado penetra bajo las faldas de mi vestido y asciende abombandolas. Alborota mi pelo casi con violencia y mi cuerpo se zarandea sin voluntad a pesar de agarrarme con las manos en los barrotes. Entrecierro un poco los ojos, lo suficiente como para ver, pero las imágenes se difuminan.
Las paredes lisas continúan pasando. Parpadeo. De repente me parece que se han tornado rugosas. Parpadeo. Creo haber visto un brillo, como si fuera nácar. Por alguna razón la situación se vuelve inquietante para mi. Ahora sé seguro que hay brillo en las paredes, sé que si extendiese mi brazo, las yemas de mis dedos percibirían una superficie resbalosa. Me estremezco sin razón aparente. Cierro un poco más los ojos y las sombras de la pared se metamorfosean. Esas figuras danzantes oscuras son fantasmas. Figuras fantasmales que viven donde las paredes brillan lejos de la luz. No puedo más y cierro los ojos. Mi cuerpo se mece con demasiada fuerza adelante y hacia atrás.
Entonces, ¡una mano! Me roza el hombro. Abro los ojos desmesuradamente y de inmediato. Miro y veo que alguien hace señas. Me advertía que estaba demasiado lejos y que estaba sacando mucho mi cuerpo hacia fuera. Me giro, me aparto y sonrío para mis adentros.
Suerte de esa advertencia, pues estaba a punto de caer en los brazos de las tinieblas.

27 de mayo de 2011

Estaba sentada en el borde de la piscina; pataleando. Le gustaba oír el sonido que hacían sus pies al chapotear en el agua. Estaba absorta fijándose en los rayos de sol que caían sobre las ondas del agua que se expandían. Las bellas líneas que formábase sobre lo transparente, el suelo embaldosado parecía tener vida pues un sinfín de reflejos del agua, el sol y una combinación de ambos danzaba sin parar. Movió los pies con más fuerza para hacer más ruido y deleitarse con él. Estaba tan concentrada en ese placer en miniatura que no se dio cuenta de unos pies mojados que se movieron detrás suya de manera cautelosa.
Antes de que pudiera darse cuenta de lo que pasaba unas manos tocaron su espalda, iba a girarse, pero esas manos masculinas no le dieron tiempo a hacer tal cosa. Con fuerza y al mismo tiempo con suavidad la empujaron hacia delante. Su cuerpo dejó de sentir el soporte de antes y sus piernas se encontraron con el agua. El momento antes de que el agua la cubriese por completo  le robó un gritó de la garganta. Involuntario y sorprendido. Xaf! Salió desconcertada a por aire y se tiró los pelos hacia atrás para poder ver de hito en hito al culpable. Dicho culpable se hallaba frente a ella. Lo primero que vio son sus pies, subió la mirada con rapidez, pero en su mente las imágenes pasaron a cámara lenta. Sus piernas fuertes, el bañador negro y mojado que se le cogía a la piel, el torso musculado y moreno, sus brazos dejados caer a cada lado, sus bíceps marcados pero sin llegar a ser exagerados, sus anchos hombros, su cuello y luego; su cara. Al parpadear una gota se desprendió de sus pestañas. Ambos ojos se encontraron.
Pam exhaló aire.
-¿Por qué has hecho eso?
Él lució sus sonrisa más pícara cuando dijo:
-Era una tentación que no podía resistir
Él recibió una respuesta húmeda de ella. No una, si no varias veces ella le salpica. Pero no hace sino ridiculizar la situación.
-Cuando salga de aquí, verás...
-¿Qué me vas a hacer tú?
-Yo...mmm...¡ya verás! - Titubea y aseguraría que sus mejillas están cubiertas por un suave rubor.
Inesperadamente él se agacha y le dice en voz suave:
-Estoy impaciente.
Ella se sumerge en el agua y no sale ni para tomar el aire que necesita hasta llegar al otro lado de la piscina.

21 de mayo de 2011

No se empieza siempre por el principio

-Hola - dijo él con una sonrisa radiante.
-Hola. Hoy estás de muy buen humor. - observó ella devolviendole una sonrisa del mismo nivel.

Casi nunca se hablaban y eso que se veían dos veces a la semana. Pero él a menudo encontraba mil distracciones a parte de ella. En cambio Pam si que deseaba ese contacto, pero con el chico se mostraba tímida y reacia a dar el primer paso. Más tímida que reacia. Cada día se le ocurrían centenares de cosas que decirle, interrogantes que presentar y risas para compartir. Por no hablar de las miradas...
Él se dirigió al trampolín y el momento antes de zambullirse, ella tuvo tiempo de darse cuenta de lo guapo que era y el atlético cuerpo que tenía. Lo único que no le gustaba de él era su humor cambiante cual la luna. Cuando el agua la salpicó tomó una decisión: le pediría el número de teléfono antes de que acabara todo. O sino se maldeciría a si misma durante mucho, muchísimo tiempo.

7 de mayo de 2011

¿...?

Palabras, números, letras, imágenes. Todos con significado aparente; dentro de mi mente carecen de él. Se juntan en mi interior y se combinan de tal manera que me marean.
Memorizo sin saber el que o el porqué. Me limito a hacerlo. Leo palabras y números vacíos. De alguna forma llenan mi cabeza y la sobrecalientan. Con poco tiempo hacen que mi cerebro funcione demasiado. Se cansa; queda exhausto. Escribo, pero a duras penas veo el reflejo de mis palabras, con no poco esfuerzo oigo el eco en mi mente. Solo quiero cerrar los ojos, bajar los parpados, dormir y sucumbir. Quiero que toda luz deje de brillar, me ciega. Oigo demasiados sonidos ensordecedores. Anhelo la tranquilidad, el silencio, la oscuridad. Quiero paz. Paz.
Ahora dejaré la pluma a un lado, pues mi cuerpo dice por cada poro que ya basta de mover la mano sobre papel. Y tiene razón, pero mi pasión por la escritura me puede más que el juicio.

16 de marzo de 2011

Sin verguenza

Se metió en la piscina y puso las gafas para poder ver debajo del agua. Antes de tomar aire y sumergirse vio que detrás del cristal que separaba las instalaciones del bar estaba él. Sentado en una silla, mirando los nadadores en lugar de ser él uno de ellos; como siempre era. Esta vez no. La intriga nació en ella. Entonces si tomo aire y su cabeza y cuerpo quedaron por debajo del agua. El estilo que hacía le permitía verle a cada respiración, ella misma lo sabía sino hubiese hecho crol que le gustaba más. Poco a poco la distancia quedó corta. Y sus ojos encontraron los suyos. Ni un segundo antes de desaparecer bajo el agua. Por mala suerte ahora había una pared delante, el fin de la piscina, y no podía verlo. ¿Que hacer ahora?¿Darle la espalda e ir nadando? Tuvo una idea mejor. La escalera le quedaba muy cerca. Cogió el pasamanos y puso un pie en el primer escalón. A pesar de ser muy descarado su cabeza asomó por encima de la pared. Y esos ojos volvieron a encontrarla. Ella divertida giró la cabeza y se zambulló en el agua. Y pensar que casi nunca hablaban...

12 de marzo de 2011

Deseos marchitos


Miró por encima de sus hombros. ¿Y que veía? Unos ojos fijos, de color indefinido, inhibidos pero al mismo tiempo atrevidos. Eran suyos. Y era ella la propietaria de esas esferas, pero saber eso le tomo un par de segundos. Porque su mente no estaba en el presente y por lo tanto no reconocía a su yo del presente. Para ella, en esos momentos estaba por venir. No parecía que mirara un espejo por encima del hombro. Miraba el pasado, con los parpados bajados.
Contó cuantos años hacía que vivía en esa casa, cuantos hacía desde ese piso blanco y luminoso y su piscina, cuantos desde el primer avión que cogió sola. Dos, tres y más de cinco. No se lo podía creer. Se acordó que de pequeña se divertía contando cuantos años faltaban para que la edad que tenía en esos momentos fuese la mitad de la que tendría. Cuando hizo eso tenía siete años. Ahora su edad tenía un número superior a siete como mitad.   No le entraba en sus sesos que más de la mitad de su vida hubiese vivido en un lugar lejos de donde había nacido. En realidad si que lo entendía no era difícil seguir el hilo de los acontecimientos. Pero todo había pasado de un modo un tanto peculiar. En el fondo sabía que también esa palabra estaba equivocada. Lo único que pasaba es que a ella todo eso la había sorprendido. Nada más ni nada menos. Eso no quería decir que fuera sorprendente. De hecho fue una cosa bastante normal. No quiso entrar en detalles.
Y pensó en los deseos de antaño, infantiles, ingenuos, cándidos, inmaduros... Todavía se acordaba de algunos de ellos. Como que querría vivir en la misma casa hasta poder independizarse. Que imaginaba una vida en la que sus padres vivirían siempre juntos. Deseaba casarse con un chico del pueblo (quedaba por decidir cuál) y si ella heredaba la casa vivir en ella. Si eso lo hacía su hermana se comprarían una en las afueras del pueblo.
Podía ver ese vestido anaranjado todavía colgado en el armario empotrado, veía las horas jugueteando en el sofá, los minutos de terror al ver un monstruo en el televisor y su diminuto cuerpo agarrado a uno mayor que el suyo. Todos esos recuerdos le quedaban pequeños. Igual que el vestido del armario. Tampoco los deseos se habían podido adaptar a ella.
Por eso ella se había visto obligada a comprar unos vestidos nuevos y descolgar los deseos de las estrellas fugaces. Eso último fue lo más arduo de hace. Las estrellas fugaces son rápidas pero ella lo fue más.

10 de marzo de 2011

Chica de vidrio

Cerró la puerta esperando que el dolor de cabeza la volviera a atacar. Que todo empezara a girar, que su estomago empezara a retorcerse provocando un dolor que la obligaba a quedarse postrada en la cama y dormir. Lo esperó, sin embargo no llegó. Estaba confundida. Antes a la mínima que se levantaba los mareos le hacían venir arcadas y ahora nada. Si que tenía un ligero dolor de cabeza pero eso lo atribuía a las largas horas de lectura. Larguísimas.  
Primer paso. Corto, inseguro. El segundo. Más corto y más inseguro que el anterior. No quería confiarse y luego caer por los suelos con su mundo dando mil vueltas alrededor. Un par de pasos más. Mejor. 
Los tacones resonaban por la calle casi desierta. Una persona a lo lejos que ya desaparece. Sigue avanzando. Ahora más segura de si misma. 
Sin embargo se siente frágil y teme romperse en mil pedacitos de cristal y esparcirse por el suelo. De repente nota como su estómago desaparece, no literalmente, pero una sensación de ligereza la invade y sus pasos quieren ser largos y quiere pisar fuerte. Pero no lo hace. El temor de quebrar su cuerpo de cristal puede con su deseo. Ella quiere sobrevivir. Su cuerpo no soportaría tal cosa. Por eso se limita a los pasos cortos, seguros. 
Porque cuando uno tiene el cuerpo débil y quebradizo, ¿Quien quiere arriesgarse a perecer?

Diseño de Marie April para Una Little Writer © Todos los derechos reservados