Ayer, después de escuchar a muchas canciones y de ver capítulos de mis series preferidas me fui a dormir. Bueno, en realidad fui a estirarme en la cama y ponerme cómoda para pensar, meditar, recordar o decidir. Raramente hago las cuatro cosas al mismo tiempo, de lo contrario me saturo y mi almohada se aprovecha de mi descuido con descaro dejándome con pensamientos a medias. Sienta mal, por eso dejé de hacerlo y me centro en una sola cosa. A la 1:10 mientras me cubría con una sábana fina me puse a decidir. A decidir como debería ser mi comportamiento para con el sexo masculino de ahora en adelante. Opinaréis que es una tontería de clase alta, pero era una cuestión a la que iba dando vueltas continuamente estos últimos días. Y sobretodo desde que el último chico que entró en mi vida salió.¿Cuál fue mi veredicto? Que no volvería a enrojecer, que no volvería a quedarme sin palabras, que no me enamoraría torpemente sin remedio como una tonta. Subrayé que estaba prohibido dejarme impresionar y que toda compañía masculina debía ser una amistad. Y prohibí a mis ojos verlos como algo más: como labios que besar, pelo que alborotar (me encanta hacerlo) o corazones por amar.
Pero me permití escribir en letra pequeña. Y lo firmé. Decía así: Solo te enamoraras cuando no puedas evitarlo. Era una oferta más que aceptable. ¿No creeis?





