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12 de junio de 2011

Nervios

-¡Corre!
Así lo hice. Pues me había dejado una cosa en casa. Cuando ya lo tuve todo regresé a la misma velocidad al coche.
-¡Arranca! - dije yo.
Una vez que llegué al edificio rojizo los nervios no se fueron con mi madre, si no que decidieron hacerme compañía cuanto rato hiciera necesario. No era preciso que fuesen tan atentos, pero ellos no atendían a razones.  Casi desesperada miré por encima de toda aquella gente para reconocer una cara amiga. Nos reunimos todos al cabo de unos minutos. ¿Tema de conversación? Además de nuestra inquietud; hablamos de lo inminente, lo que nos esperaba tras esos muros. Finalmente se abrieron las puertas y entramos en tropel silenciosamente.
Ya nos conocíamos el lugar y sabía lo ruinoso que era, pero esa vez tenía mucho más tiempo a mi disposición con lo cuál me fijé el doble en los detalles.
Una clase. Veintitrés mesas con un nombre asignado a cada una. Mi lugar estaba en la tercera fila ( de cinco) cerca de la ventana. Explicaciones que ya sabíamos de antemano. Una hoja de estadísticas y luego: lo más temido. El examen.
Terminé deprisa. Me atrevería a decir que la primera o la segunda, sumo la tercera. Me quedaba tiempo por delante. Puse la vista en el techo. Daba la impresión de que iba a caer encima de una. El techo no estaba recubierto por nada. Veíamos directamente el cemento y los ladrillos. Algunos rotos y otros agujereados. Muchos tenían un cordel de alambre que parecía sostenerlo. Las cañerías no llegaban a verse, pero sí los cables de los fluorescentes. En las esquinas había una pasta amarilla porosa que mejor no digo a que me recordaba.
Cinco horas más tarde.
Suspiros por todos lados. Alivios. Comentamos cada parte sin saltarnos ningún detalle, pusimos en común opiniones y manifestamos nuestras esperanzas. ¿Que cuáles eran las mías? Al principio debo admitir que mi ánimo era bastante pesimista, pero al final, después de traspasar la puerta me dije a mi misma que lo había hecho bastante bien. Estoy convencida de que aprobé. Dentro de un mes os diré que nota saqué. Mucha espera, lo sé. Pero ahora ya me he quitado el examen de encima.

8 de diciembre de 2010

Sábado 16 de Octubre de 2010

Aprovechando la tregua climatológica con frío, viento y nada de lluvia, fuimos mi padre y yo a dar un paseo. Primero nos dirigimos al Olympic Stadium en el que tuve que echar mano de mi inglés para averiguar donde se conseguían los dorsales, el sitio en el que se pagaba y otros datos. Resueltos los detalles relacionados con la Maratón pedí a cambio a mi padre ir al Centrum. Usando el mapa llegamos al Apollollan y a pesar de tener a mi disposición el mapa estuvimos media hora vagando por la enorme calle Apollollan. Y como tendría que hacer incontables de veces durante ese viaje pedí información a los holandeses, que con amabilidad me mostraban la dirección adecuada.
Calle Apollollan 



















Después de nuestra desorientación momentánea, llegamos al Centrum. No sin antes observar la fachada impresionante del museo Van Gogh, al igual que la del Rijksmuseum.
Una vez en el Centrum fuimos al famoso círculo de canales característico de esa ciudad. Estábamos en Prinsengracht, cerca de la casa nº 496 y yo tenía la intención de ir a la 191. Con muchísimas quejas de mi padre, aun así fuimos. Tuvimos que andar un buen trecho durante el cual pasamos por delante de la casa de Anna Frank. Llegamos al 191 que correspondía a un restaurante de crêpes con tradición holandesa, o eso decía. No pudimos comprobarlo porque estaba lleno. Mientras esto tenía lugar el reloj marcaba la una y nuestros estómagos lo notaban. Como estábamos un poco lejos del centro donde se hallan los restaurantes intentamos atajar con pésimos resultados. Y al tiempo que nos dirigíamos a ese lugar fuimos sorprendidos por una lluvia fuerte que nos obligó a refugiarnos bajo el porche de una librería, pero no más de cinco minutos. Tras toas esas peripecias llegamos al dichosos centro y comimos en un delicioso restaurante italiano. Me atrevería a decir que comí la mejor lasagna de mi vida.
Llenados nuestros buches anduvimos hacía el Vondelpark con la determinación de cruzarlo enterito y luego ir al apartamento. Si hubiésemos sabido que a mi padre le iban a salir vejigas el día antes de la Maratón quizás no hubiésemos ido. Pero no lo sabíamos y fuimos por los caminos del hermoso parque. Durante la caminata me deleite haciendo fotografías a diestro y siniestro de todo lo que se atrevía a posarse ante mi ávido objetivo. Bicicletas, perros, árboles, personas, luces...
Esa noche con los pies descansando en zapatillas vimos otro documental que nos hablaba de la vida en los bosques.
Uno de los estanques del Vondelpark

17 de agosto de 2010

Sábado 17 de Julio de 2010

La noche anterior, pese a no sostenerme en pie del sueño, puse el despertador del móvil.
A las cinco i media sonó. Me levanté sin hacer caso de mi cuerpo que me ordenaba quedarme en cama. Desperté a mi hermana que como siempre, nunca oía nada cuando dormía. Poco despúes sonó el telefono de la habitación. Era el servicio despertador.
Un poco zombies llegamos a la habitación de nuestros padres.
Luego, juntos fuimos a desayunar. Era un comedor enorme, con techos altos y con ventanas al estilo del salón; grandiosas. Era una sala luminosa con muchas mesas y más comida. He de admitir que esa mañana a las seis de la madrugada no estaba para innovar ni para probar cosas nuevas ni típicas. Así pues me tomé un cruasán con leche y cacao.
Cuando nos encontramos con el resto del grupo con las maletas al lado del autobús y vimos sus caras, supimos que no eramos los únicos, como era de esperar. Jóvenes y viejos tenían los ojos un poco cerrados, con cara de sueño y poco habladores.
No se cuantas horas duró el viaje hasta el Mausoleo de un compañero del profeta Mahoma. Nosotros dormíamos. Por suerte el paisaje era un poco monótono y mediterraneo, así que no nos perdimos nada.
Siento no guardar muchos detalles del mausoleo, solo sé que había unos grandes depósitos que subministraban muchos pueblos de alrededor.
Luego fuimos a una mezquita. Eran ya las diez y estábamos en el patio de la mezquita. Y el sol nos daba de lleno. Ahí a partir de las diez es como si fueran las doce o la una en España. Con la diferencia de que es peor. Solo tiene una cosa a favor. El clima es seco.
Mohamed, el guia nos dio unas explicaciones como todas las que nos iba a dar: claras, excelentes y de vez en cuanto acompañadas de una broma o dos.
Cerca de ahí había un cementerio. Pasamos al lado de este. Era una pequeña extensión de lápidas blancas como la tiza. Incluso daba la sensación de que la textura de la piedra iba a ser de tiza.
El blanco, según los islamistas, repele a los malos espíritus.
Al otro lado del cementerio había una tienda de alfombras manufacturadas de (eso nos dijeron) primera calidad con la etiqueta del gobierno que lo confirmaba. O sea que al menos eran fiables.

El vendedor nos llevó a una antesala donde había dos mujeres trabajando independientemente en dos telares con dos técnicas diferentes. En la sala que venia a continuación había muchos bancos azules que hacían un cuadrado. En medio no había nada. Y ahí el hombre empezaba a extender las alfombras explicando el tejido usado, la técnica y el número de nudos por m2. Pero cuando alguien le preguntaba el precio contestaba en nudos por metro cuadrado.
Al final solo una persona compró una alfombra. Creo que le costo más de quinientos euros. Pero lo creo justo pues esas mujeres habían trabajado casi medio año para hacer solo una alfombra.

Después de eso el autobús nos llevo a un mercado, un zocco. El mercado se encontraba dentro de una muralla, la medina, la parte antigua del pueblo. Todo normal hasta que mi madre decidió pararse a mirar una parada. A mi madre le gusta, solo, mirar. Pero a eso a los vendedores no les gusta tanto. Por eso los vendedores empezaban a ofrecerle cosas y a decir el precio hasta la saciedad: un dinnar, dos dinnares... o lo que el objeto valiese. Normalmente no valía más de 3 o 4 dinnares si eran objetos "corrientes". Pero mi madre les decía educadamente: "no, gracias" extrañamente no la dejaban en paz. Al resto de la familia casi ni le hablaban, quizás porque mi madre era un blanco fácil.

Después de salir del mercado emprendimos un viaje de cuatro horas hasta Kauran donde estaba el hotel donde íbamos a pasar dos noches. Durante el viaje el paisaje cambió. Dejó de ser mediterraneo para ahora ser seco con palmeras y algún que otro terreno con matorrales y un poco de piedras.

Cuando llegamos la mayoría de la gente, mi hermana y yo incluidas, fue a la piscina para desentumedecerse después de tan largo viaje con solo una parada de cinco minutos para ir al baño.

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