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3 de diciembre de 2011

A medias tintas


Hay tanta tranquilidad por aquí. La música, últimamente mi amiga más fiel y atenta, me susurra a los oídos una pieza para piano y un dulce violín melancólico. Mi madre duerme, no sé dónde anda mi padre, añoro mi hermana que ni siquiera se encuentra bajo el mismo techo. El cielo, un tanto nublado, se va apagando, pronto serán las seis y ya nadie podrá saber que hora es con exactitud. Yo estaré desorientada por la falta de sol. No puedo evitar mirar por las ventanas, constantemente. Ni la puerta. ¿Qué estoy esperando? Estoy confusa, frunzo el ceño, no me gusto cuando mi frente está surcada de arrugas. Pienso en mucha gente al mismo tiempo. Cada uno tiene su papel en mi mente. Algunos no pintan nada y los echo fuera de la función. Otros desearía que quedaran vagando junto a mi eternamente. Pero la palabra "eterna" asusta. Se irán, lo sé.
Hace tiempo que no lloro. ¿Me estaré volviendo de piedra? Noto cómo mi melena, más larga de lo que jamás la tuve, ondea en el viento. Mi sonrisa parece no hallar límites. Cada vez me sube a los ojos, ninguna es falsa. Tengo ganas de sonreír. Creo que soy feliz. Algo falla, pero continuo siendo dichosa. Carezco de motivos en este instante. Hago oídos sordos a lo que pueda decir la gente, ya no vivo atada a mi timidez, creo y deseo. He cambiado, para bien. Temo el cambio y al mismo tiempo le doy la bienvenida. ¿Es acaso esto la felicidad? O ¿será otro sentimiento?

29 de noviembre de 2011

Mundo: off


Pongo los auriculares bien adentro en mis orejas. Le doy al botón  play, y dejo que la música bien alta me inunde la cabeza. Casi me duele la cabeza. Sé que no es bueno, pero en este momento necesito que la música resuene en mi mente más alto de lo que debería. Que duela la cabeza un rato para aligerar la carga que estos días ha soportado mi corazón. Las letras de las canciones son tarareadas cuando la calle está desierta y solo se oye mi ruidoso andar. Llego a oírlo como un eco lejano. Subo más el volumen hasta que ahogo mis propios pasos. Sé el título de cada pista y sé que historia esconden esas palabras. Quiero hacer mías esas historias. Deseo sentir la felicidad, la tristeza, el amor, la desesperación de cada una, aunque sea durante un mísero instante, uno sólo. Con tal de no tener mis propios sentimientos. En mi garganta parecen unos dedos largos, de pianista; fríos como el mármol; de tez pálida. En mi corazón es una opresión ininterrumpida, que me impide ser totalmente feliz. Y en mi mente es como un sedante, me deja adormilada, espesa y creo que mi materia gris ha desaparecido.
Una canción me susurra que las palabras son vacías. Dejo que me convenza, creo que tiene razón, su melodía me seduce y hace que le olvide. Que olvide a ese chico. A ese maldito chico que era, y es, una maldita ilusión, un oasis, un espejismo. No es verdad. Si que es real, como tal, pero para mi no era más que una falsa ilusión. Una tontería. Y pensar que él ha sido capaz, sin ser consciente de ello, que ha desecho mi interior. He decidido que solo la música debe tener la llave para penetrarme, nadie más.

10 de agosto de 2011

Me dejé embriagar

Hay gente en el porche de esa casa tan bonita. Está alejado de la actividad estresante de la ciudad y las estrellas lucen sus mejores vestidos pues no hay luces de neón ni nubes. Sonrío porque yo estoy allí, y pienso: "¡Qué suerte la mía!". Un hombre de unos cincuenta años toca una canción de Sabina con su guitarra española, otro hombre, mayor, canta la letra mientras las mujeres tararean emocionadas por los recuerdos.
-Y nos dieron las diez y las once, las doce y la una, y las dos y las tres. Y desnudos al amanecer nos encontró la luna.
Cuando el último acorde dejó de sonar en el aire, un joven, con su guitarra hizo sonar otro acorde. Una canción más reciente. Sólo un par de voces le pudieron acompañar. Mientras él se disponía a cambiar su guitarra por una de eléctrica, yo reparé en el perfume del aire. Al principio me llegó el olor a café y alcohol, pero cuando llegó a mi el olor a galán de noche dejé de percibir todo lo demás. La planta me embriagó con fuerza y yo no me resistí.
Por eso cuando la música volvió a ser protagonista, mi voz quiso acompañar al instrumento que ahora sonaba. Y es curioso que fueran estas palabras las que salieron de mi boca:
-¡Lánzate! Cada instante es único, no se repetirá. Y siento que el corazón ya no para de latir. Y dice que me lance. Que no piense en todo lo que vendrá. Que un lápiz nunca dibuja sin una mano. (Traducción de "Llença't - Lax'n'busto")
Y mientras decía eso las comisuras de mis labios se curvaron en una feliz sonrisa. Mis ojos encontraron los de mi primo, que tocaba casi de memoria. Y si eso fuera posible, sonreí más.



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