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2 de octubre de 2011

Epílogo: Jovita


Jovita sacó de debajo de la cama una cajita de madera decorada con filigranas doradas. Tan solo quería mirarla. Últimamente tenía que sacarla a relucir, no sabía porqué. Notaba como algo en su interior se movía inquieto y la incomodaba sumamente. Cómo por arte de magia el candado, que mantenía a los miedos infantiles bajo control, cedió. La tapa se abrió violentamente y lo único que podía hacer Jovita era abrir más y más los ojos, desmesuradamente. Fue en ese momento cuando unos miedos sin forma y de borrosa silueta hicieron madurar a la tierna Jovita. Ese instante crucial en que las sombras se metieron en su cuerpo sin la inocencia infantil, hicieron salir a empujones su primera etapa de la vida. Y a empellones la hicieron meterse en la piel de adolescente que le quedaba grande, aún.
Desde el mismísimo momento en que Jovita empezó a tener miedo las cosas cambiaron radicalmente. Antes tenía una habilidad pasmosa de coleccionar esas mariposas que eran la base de su felicidad. Sin embargo, ahora era mucho más torpe cogiéndolas. A menudo las cogía con poco tacto y estropeaba las delicadas alas multicolores; otras veces, se escabullían de entre sus dedos y volaban insolentes delante de sus narices; pero otras, simplemente no las veía.
Un día mientras repasaba todas las mariposas que había coleccionado a lo largo de su corta, pero a su entender larga, vida. Y vio una. Una de color azul eléctrico, o al menos ese fue su color antaño. Miró la etiqueta amarillenta que pendía de ella. "Primavera. 8 años". Se preguntó como consiguió un ejemplar en tiempos tan turbulentos y revueltos. Cogió un pequeño frasco y metió al pobre insecto doblandole las alas.
Corrió descalza con el frasco en la mano mientras su vestido volaba. Sin aliento se tiró al suelo de rodillas. Escavó frente al Mediterráneo, muy muy muy profundo, un hoyo donde poder enterrar a la mariposa del pasado. Tenía que enterrar su pasado. Viviría con él, pero no podía convivir con él.

The End ~

27 de septiembre de 2011

Jovita crece


Con el tiempo Jovita aprendió a decir que si y emitir sonidos, escuchando lo que su padre le decía pero sin prestarle atención. Él ni se daba cuenta. Muchas veces se hacía la cansada y se dormía en el coche para ahorrarse una hora de palabrería. Al principio ella le contaba lo que su padre le decía a su madre, excepto lo de los correos por culpa de su falsa culpabilidad. Fue entonces cuando su madre le explicó su versión. Al ver que sus historias no cuadraban en casi nada Jovita, ya con diez años, decidió que no querría volver a oír nada más acerca del tema. Ambos progenitores no acabaron de entender sus motivos y alegaron que debía saber la verdad. Ella no les contestó que prefería tener su propia versión a pesar de que, probablemente, fuera errónea.
Vivió años feliz y casi ignorante. A medida que pasaban los años ya no podía creerse lo que su mente creó hacía ya un par de años. Contaba los doce cuando su hermana hizo las paces con su padre, y trece cuando volvieron a enfadarse.
Y un día pasados muchos meses fue a casa de su tía, la hermana de su madre. Ella era la única de la familia que se llevaba "bien" con su padre tras lo ocurrido. Ella fue la única, la primera y la última que le contó la verdad. Pero eso jamás se lo dijo a su padre, hubiese significado un distanciamiento brutal. Ni a su madre que hubiese sido como ponerse de su parte. Y eso eran dos cosas que ella no quería que sucedieran.
Si no quería ponerse del lado de nadie era porque la relación de sus padres era una batalla a campo abierto. Y es cierto que en medio se recibe más que en ningún otro sitio, pero posicionarse hubiese significado recibir el golpe directamente y ella no era una chica tan dura. Ella fue Suiza y siempre lo fue.

24 de septiembre de 2011

La mariposa fugaz de Jovita


Se decidió que Jovita iría a ver a su padre dos veces al mes. Ella, que no estaba resentida con su padre, estaba contenta de poder verlo aunque solo fueran fines de semana. Aún no había pasado ni un año desde el divorcio y las emociones continuaban a flor de piel, al menos, y especialmente, para el padre. En el primer momento en que su hija menor subió al coche él empezó a contarle su versión. Esa que era de todo menos verídica. Y se lo explicó todo. Sin ningún tipo de tapujos. Y le dijo con una  sonrisa maliciosa:
-¿Sabes qué, Jovita? Tengo pruebas irrefutables de que tu madre me engañó. Tengo todos sus correos electrónicos. Todos. Cuando lleguemos a casa te enseñaré algunos. Mañana si quieres leemos los demás. 
En ese momento la niña que miraba más allá del vidrio del coche lo bajó. Y sin casi darse cuenta una de esas mariposas que ella tanto quería se fugó por la ventana. Esa mariposa se llamaba Felicidad. 
Al traspasar la puerta, la chica rendida se dejó caer encima de su cama, pero su padre le dijo que se levantara, ella obedeció y muy a su pesar se levantó mientras se frotaba los ojos exhaustos. En el dormitorio del padre, en un armario y en una caja se hallaban todas las impresiones de cada correo electrónico. Jovita no pudo evitar pensar que eso era violar la intimidad de otros sin embargo no reunió valor suficiente como para hacérselo saber a su padre.
Divertido, su padre le puso un folio delante mientras con un dedo señalaba y leía una frase que había escrito su madre: "Aún pienso en cuando bailábamos desnudos en esa habitación de madera y nos dábamos besos con sabor a fresa". Jovita cerró los ojos para evitar que una imagen se colará en su infantil mente. Pero ya era tarde. Ahora los veía a ambos bailando con los cuerpos sin ropa y pegados. 
Sin mediar palabra se fue a dormir a su cama y se cubrió con la colcha hasta la nariz. Se sentía culpable, y ella no había hecho nada malo.

15 de septiembre de 2011

Los padres de Jovita


El padre de Jovita y Paola, llevado por la rabia empezó a tejer una telaraña de mentiras alrededor de esa historia que ya de por si sola era deprimente y complicada. La poca cautela que tuvo, hizo que él mismo quedara preso de sus propios hilos y terminó por tragarse toda esa sarta de mentiras. Al final él construyó una nueva versión. Era una mezcla de todo lo que creía que había pasado, de muchas falsedades y una pizca de sentimientos agrios. Todo eso a fuego lento era una maldición que iba a pesar sobre las cabezas de algunos pocos afortunados.
Unos meses más tarde, la madre de las chicas se mudó. Traspasó una masa azulada que tiene un bonito nombre para encontrar una península. En esa tierra en la que no parecía tener nada ella tenía esperanza, amor y futuro. Una nueva casa, con un nuevo hombre. Trajo con ella a sus retoños. El padre rencoroso, sostenía que se las había llevado a la fuerza, pero lo que en verdad pasó fue lo siguiente:
La madre y su amante querían vivir juntos, por supuesto que querían. Pero la mujer se superpuso a sus propios deseos alegando que ya vivirían juntos (si aún duraba lo suyo) hasta que las niñas fueran ya mayores de edad. El amante aceptó. Lo que ninguno de los dos esperaban ver a Paola suplicar a su madre con una marea de lagrimas para que se la llevara lejos de ahí. A la península. Ese fue el verdadero propulsor. No el afán de ambos amantes. Cierto era que Jovita llegó con medias verdades y que le supo muy mal el cambio. Pero también es cierto que al final ella se adaptó y llegó a ser feliz.
Mientras ellas construían un nuevo hogar parecía que el progenitor estaba terminando la maldita poción.

13 de septiembre de 2011

La hermana de Jovita


Paola se estaba acostumbrando a usar el decimosexto número en lugar del quince. Mucha gente decía que ella y su hermana menor se parecían muchísimo. Ambas con el mismo pelo, las mismas facciones y más tarde algunos ademanes que probablemente la pequeña le copió. Pero eso no le molestaba en absoluto, más bien lo contrario, sentir que su hermanita, le siguiese los pasos hacia que se hinchara más de amor que de orgullo. El orgullo podría ser una virtud y un defecto al mismo tiempo, pero en ella era tan acentuado que la mayoría de veces se tornaba negativo.
Imaginaros como tuvo que ser para ella, una adolescente tan inestable como el otoño y tan impredecible como el mar, ver el divorcio de sus padres. Su hermana tenía sobre los ojos un tupido velo que no le dejaba ver la realidad pero ella, ella parecía tener unos prismáticos en lugar de ojos. Todos los errores bajo su mirada eran analizados y a pesar de que jamás pidió oír las dos versiones, y solo una le llegó, ella juzgó. Probablemente mal.
Creyó saberlo todo y con eso juzgó a su padre. Su progenitor, pero parecía haber dejado de serlo. Una noche malas palabras se intercambiaron, como flechas ponzoñosas se clavaron en ambos corazones ofendidos. La flecha del padre hirió el potente orgullo de la chica. El arma de la hija se quedó atravesada para siempre en el pecho del hombre. Poco tardó el herido en perdonar mas el dolor del veneno corrió libremente por sus venas. Sin embargo en ella la herida nunca cicatrizo, pareció haber habido una tentativa pero luego supuró. Ella pareció optar a amputarse esa parte de su vida. Tenía padre, si, lo tenía, y continuaba considerándolo como tal aunque no puedo deciros con certeza si le quería o no. Cruzo los dedos para que haya un granito de amor. Solo uno. Uno solo.

11 de septiembre de 2011

La pequeña Jovita


Erase una vez una niña feliz. Jovita debía de contar siete u ocho años, quizás seis. ¿Qué por que era feliz? Porque era una criatura que no era consciente de las hirientes verdades que formaban la vida. La ignorancia hace la felicidad. Y ella era una ignorante profesional. Creía saber muchas cosas, se creía madura por entender cosas que debían ser entendidas a los nueve. Sin embargo, no dejaba de ser lo que era, una chiquilla. Con todas sus ventajas, y alguna que otra desventaja.
Jovita coleccionaba mariposas cuyas alas hermosas estaban hechas de la misma materia que sus sentimientos. Debajo de la cama tenía una gran caja oscura donde metía sus miedos infantiles. Monstruos, fantasmas y tristezas. Bajo la cama de sus padres, por contra, no había más que zapatos y cajas llenas de calcetines ordenados según colores. Ellos eran unos pobres infelices. Su matrimonio, una vez un bella flor, estaba marchito. Todas las ramas estaban resecas y los pétalos ya resecos se habían quedado bajo un mueble olvidado. Nadie jamás las encontró otra vez.
Grandes penas tuvieron lugar, mas los ojos ingenuos no vieron nunca nada. Tampoco sospecho que fueron unas manos atentas las que la apartaban justo antes de que la tempestad se desatara. Mientras un vendaval furioso, lleno de celos, de dolor, de pena y de rabia agitaba hasta la muerte los restos de esa flor; ella estaba bajo cobijo en una cabaña donde lo más triste era irse a dormir cuando aún se quería jugar.

Pronto el mundo de Jovita cambiará. Espero que os guste esta historia tanto como me gusta a mi escribirla. 

Diseño de Marie April para Una Little Writer © Todos los derechos reservados