29 de noviembre de 2011

Mundo: off


Pongo los auriculares bien adentro en mis orejas. Le doy al botón  play, y dejo que la música bien alta me inunde la cabeza. Casi me duele la cabeza. Sé que no es bueno, pero en este momento necesito que la música resuene en mi mente más alto de lo que debería. Que duela la cabeza un rato para aligerar la carga que estos días ha soportado mi corazón. Las letras de las canciones son tarareadas cuando la calle está desierta y solo se oye mi ruidoso andar. Llego a oírlo como un eco lejano. Subo más el volumen hasta que ahogo mis propios pasos. Sé el título de cada pista y sé que historia esconden esas palabras. Quiero hacer mías esas historias. Deseo sentir la felicidad, la tristeza, el amor, la desesperación de cada una, aunque sea durante un mísero instante, uno sólo. Con tal de no tener mis propios sentimientos. En mi garganta parecen unos dedos largos, de pianista; fríos como el mármol; de tez pálida. En mi corazón es una opresión ininterrumpida, que me impide ser totalmente feliz. Y en mi mente es como un sedante, me deja adormilada, espesa y creo que mi materia gris ha desaparecido.
Una canción me susurra que las palabras son vacías. Dejo que me convenza, creo que tiene razón, su melodía me seduce y hace que le olvide. Que olvide a ese chico. A ese maldito chico que era, y es, una maldita ilusión, un oasis, un espejismo. No es verdad. Si que es real, como tal, pero para mi no era más que una falsa ilusión. Una tontería. Y pensar que él ha sido capaz, sin ser consciente de ello, que ha desecho mi interior. He decidido que solo la música debe tener la llave para penetrarme, nadie más.

16 de noviembre de 2011

La velada más triste de mi vida


Hago una pregunta retórica a la vida: ¿Puedes ir a peor? Por desgracia mía se lo toma como un reto y decide fastidiarme, si cabe más aún, el día por completo. Lo que al principio parecía un día lluvioso de noviembre se ha metamorfoseado en un día en que las lágrimas caen libremente y con tal fuerza que te corroen la garganta y te enrojecen todo tu rostro crispado por la tristeza.
Cuando el sol estaba alto iluminaba una bella amistad sin embargo la luz de la luna se reflejaba en un charco de agua que salía de mis ojos irritados. Cada sollozo significaba la represión de una avalancha de sentimientos que desesperaban por salir. Cada gotita que resbalaba por mi tez concentraba en su seno un millar de todas mis penas y una pizca de mis alegrías. Las penas salían a borbollones pero cada bocanada de aire hacía que se multiplicaran incansablemente como una colonia de virus que se extiende por el cuerpo paralizando tu mente razonable. Las alegrías también escapaban de mi cuerpo. Iban deprisa a mezclarse de tal manera con las tristezas que me era imposible filtrarlas.
Y ahí me encontraba yo. Metida bajo el edredón abrigada por todas mis esperanzas rotas, por todos los recuerdos que me susurraban al oído un agrio adiós. Maldiciendo cada misera parte de mi yo por ser la culpable de lo sucedido y al mismo tiempo la indefensa víctima. Quería expresar todas mis emociones y con tanta ansia que solo conseguía que mis palabras fuesen malinterpretadas.
Ahora vuelvo a estar bajo la colcha, pero no me rodean las mismas cosas. Aún tengo el mal sabor de boca y la garganta reseca después de llorar la velada entera, pero ahora voy a sonreír a la oscuridad mientras me acompañe. Cierto que las cosas no son como eran antes. He roto una parte de una amistad de cerámica y he conseguido arreglarla, desgraciadamente se pueden ver todas las fisuras y se van a quedar ahí para siempre. Aún no he descubierto como las cosas han vuelto a su lugar; lo importante es que lo han hecho. Quizás fuesen las lágrimas que las arrastraron corriente abajo conduciéndolas a su lugar. Quien sabe... 


5 de noviembre de 2011

*Lluvia*


Desperté. Había olvidado por completo esa música de piano que sonaba incansable en el reproductor con el modo repetición. Durante media hora había cortado la conexión entre el mundo y yo. Tumbada en el sofá, con la vista en el techo blanco intentaba volver a la realidad. Estiré la manta hasta que cubrió la punta de mi nariz, pero el frío se coló por los, ahora, indefensos pies. Y así de repente me sentí incómoda, allí echada. Dejé la manta tirada a un lado y en un instante sentí el impulso de correr. Yo siempre obedezco mis impulsos del momento. Subí corriendo las escaleras de dos en dos y cuando llegué a mi habitación me senté en frente de la ventana para contemplar el tiempo otoñal.
Me gusta perder el aliento. Luego recuperarlo, mientras oigo mi respiración agitada, verme reflejada en el vidrio y observar que enseño un poco los dientes al tener la boca abierta. Me encanta esa sensación de reírme aún cuando no tengo la respiración acompasada. Miré hacía un lado, sonaron las campanas de la iglesia tocando no-sé-que-hora. Ni que me importara a mí. Y como si alguien hubiese abierto el grifo empezó a diluviar.
El agua caía con una fuerza inaudita, e incluso yo que adoro estar bajo la lluvia me lo hubiese pensado dos veces. Las calles ya inundadas dejaron de ser calles. Ahora eran ríos, torrentes, riachuelos que a cada minuto se agrandaban. Los tejados chorreaban y les faltaba muy poco para ser cascadas en miniatura. Bendito sonido que me llena los oídos y tiene ese algo que no entiendo y que hace que mi humor aumente a medida que lo hace la intensidad. Cuanto más llueve más paz hay en mi interior. Si por mi fuera podría venir la estación de lluvias y que el monzón arrastrara todo lejos de aquí. Podría llevarse todos mis males.

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