30 de agosto de 2010

Domingo 18 de Julio de 2010

Esa mañana no fue una gran cosa, fuimos a un pueblo llamado Nafta.
Lo que si fue una gran cosa fue la tarde: ibamos en Jeep 4x4.

A las cuatro cojimos los coches. Casi todo el grupo elijio esa actividad, era opcional. Mi família (de 4 personas) y otra chica llegamos un poco despistados y tarde, por lo que afortunadamente nos pusieron en el Jeep "Jefe".
Después de diez minutos de ir por la carretera dejamos de ver tráfico. Y poco a poco el paisaje iba desapareciendo. Primero era un paisaje tipicamente seco: matorrales, rocas y hierba dispersa. Y a medida que ibamos avanzando la cosa más se reducia. Matorrales y rocas. Solo rocas. Ya ni rocas, solo polvo y arena. Era muy raro mirar a ambos lados y no ver nada en kilómetros. Nada. Bueno, como consuelo teniamos a la derecha unas montañas. No más de 2.000 metros de altura.
Luego la carretera giró hacia las montañas y al estar ahí serpenteaba todo el rato. Y sin darnos cuenta apenas tuvimos el Atlas a nuestro lado. El final del Atlas. Pero el Atlas. Imponente cordillera que va desde Marruecos atraviesa Argelia y acaba en Túnez.
Paramos en unos tenderetes al pie de las montañas. De ahí nacia una cascada. La Gran Cascada. A pesar de que nosotros no la llamariamos así comparandola con otras cascadas de la Península.
Volvimos por la misma carretera hasta llegar a Chübika. Un hombre que se hacía llamar "bereber" nos guio. Digo eso porque ya no quedan bereberes. Son descendientes lejanos de la antigua tribu. Ahora ya no existen.
Subimos a un pequeño monte por una escala escarpada. Fatigaba tanto que una chica se desmayó por la calor y el cansancio. Y lo que vimos al llegar ahí arriba era alucinante.
La palabra inglesa breathtaking describe a la perfección nuestra reacción. Nos cortó la respiración. ¿Saben el vacío del que les hablé que teniamos a ambos lados de la carretera? Peor; más acentuado. Porque desde ahí arriba podiamos ver ese vacío. Esa nada. Cuesta de describir si nunca se ha visto. Porque en España eso no se ve. Siempre hay algo con que llenar la vista. Un arbol, un pueblo a lo lejos, coches, edificios... Ahí: nada más que rocas. Veíamos como en muchísimos km no habia nada ni nadie. Si te perdias allí nadie te iba a encontrar ni por casualidad.
Bajamos y volvimos al todoterreno y conducimos un poco más. Y de repente giramos a la izquierda saliendonos de la carretera. Nos fuimos hacía el desierto del Sahara. El mayor desierto del mundo. Corrimos a gran velocidad esquivando los baches. Incluso pudimos hacer carreras entre nosotros al no haber ningún obstáculo. Fue muy divertido.
Y de repente vimos dunas. Es extraño que siempre viesemos las cosas de repente. Normalmente veias algunas cosas a lo lejos, pero te girabas un momento y ahí estaba.
Dunas; las dunas del Sahara. Y subimos por ellas. Subimos a una muy alta y se nos caló el coche. Después de volver a arrancar bajamos superdeprisa por el otro lado. Pareciamos niños pequeños disfrutando de la naturaleza salvaje, sin modificar (y a decir verdad) muerta.
Paramos para aquellos que querian hacer fotos: todos. Un chico se rebolcó por la duna mientras su novia le hacia fotos.

Volvimos a subir y fuimos al decorado de la película Stars Wars. Un pueblo hecho por los creadores de la pelicula para ambientar la poblacion de Tatooine. Fue muy bonito. Pero efímero.
No estuvimos más de 10 minutos. Aun que si tuvimos tiempo de poner arena como recuerdo en una botella de agua.

Cuando subimos al coche por última vez para regresar se estaba haciendo de noche. Fue una verdadera lástima que ese día estuviero nublado, hubiesemos podido ver una de esas imagenes míticas: el atardecer en el desierto. Una cosa impresionante. Pues eso, que nos fumios. Pero en el desierto de noche con solo la luz de los faros era un poco "acojonante". Lo que si fue gracioso fue que nos encontramos con dromedarios en medio del camino. Y no se asustaron para nada.

*NOTA: No hay camellos en Túnez ni en toda África. Es un error muy común. Mucha gente dice camello. Los camellos són de ásia.

Y volvimos a Kouran para dormir en el hotel Palmyr.

17 de agosto de 2010

Sábado 17 de Julio de 2010

La noche anterior, pese a no sostenerme en pie del sueño, puse el despertador del móvil.
A las cinco i media sonó. Me levanté sin hacer caso de mi cuerpo que me ordenaba quedarme en cama. Desperté a mi hermana que como siempre, nunca oía nada cuando dormía. Poco despúes sonó el telefono de la habitación. Era el servicio despertador.
Un poco zombies llegamos a la habitación de nuestros padres.
Luego, juntos fuimos a desayunar. Era un comedor enorme, con techos altos y con ventanas al estilo del salón; grandiosas. Era una sala luminosa con muchas mesas y más comida. He de admitir que esa mañana a las seis de la madrugada no estaba para innovar ni para probar cosas nuevas ni típicas. Así pues me tomé un cruasán con leche y cacao.
Cuando nos encontramos con el resto del grupo con las maletas al lado del autobús y vimos sus caras, supimos que no eramos los únicos, como era de esperar. Jóvenes y viejos tenían los ojos un poco cerrados, con cara de sueño y poco habladores.
No se cuantas horas duró el viaje hasta el Mausoleo de un compañero del profeta Mahoma. Nosotros dormíamos. Por suerte el paisaje era un poco monótono y mediterraneo, así que no nos perdimos nada.
Siento no guardar muchos detalles del mausoleo, solo sé que había unos grandes depósitos que subministraban muchos pueblos de alrededor.
Luego fuimos a una mezquita. Eran ya las diez y estábamos en el patio de la mezquita. Y el sol nos daba de lleno. Ahí a partir de las diez es como si fueran las doce o la una en España. Con la diferencia de que es peor. Solo tiene una cosa a favor. El clima es seco.
Mohamed, el guia nos dio unas explicaciones como todas las que nos iba a dar: claras, excelentes y de vez en cuanto acompañadas de una broma o dos.
Cerca de ahí había un cementerio. Pasamos al lado de este. Era una pequeña extensión de lápidas blancas como la tiza. Incluso daba la sensación de que la textura de la piedra iba a ser de tiza.
El blanco, según los islamistas, repele a los malos espíritus.
Al otro lado del cementerio había una tienda de alfombras manufacturadas de (eso nos dijeron) primera calidad con la etiqueta del gobierno que lo confirmaba. O sea que al menos eran fiables.

El vendedor nos llevó a una antesala donde había dos mujeres trabajando independientemente en dos telares con dos técnicas diferentes. En la sala que venia a continuación había muchos bancos azules que hacían un cuadrado. En medio no había nada. Y ahí el hombre empezaba a extender las alfombras explicando el tejido usado, la técnica y el número de nudos por m2. Pero cuando alguien le preguntaba el precio contestaba en nudos por metro cuadrado.
Al final solo una persona compró una alfombra. Creo que le costo más de quinientos euros. Pero lo creo justo pues esas mujeres habían trabajado casi medio año para hacer solo una alfombra.

Después de eso el autobús nos llevo a un mercado, un zocco. El mercado se encontraba dentro de una muralla, la medina, la parte antigua del pueblo. Todo normal hasta que mi madre decidió pararse a mirar una parada. A mi madre le gusta, solo, mirar. Pero a eso a los vendedores no les gusta tanto. Por eso los vendedores empezaban a ofrecerle cosas y a decir el precio hasta la saciedad: un dinnar, dos dinnares... o lo que el objeto valiese. Normalmente no valía más de 3 o 4 dinnares si eran objetos "corrientes". Pero mi madre les decía educadamente: "no, gracias" extrañamente no la dejaban en paz. Al resto de la familia casi ni le hablaban, quizás porque mi madre era un blanco fácil.

Después de salir del mercado emprendimos un viaje de cuatro horas hasta Kauran donde estaba el hotel donde íbamos a pasar dos noches. Durante el viaje el paisaje cambió. Dejó de ser mediterraneo para ahora ser seco con palmeras y algún que otro terreno con matorrales y un poco de piedras.

Cuando llegamos la mayoría de la gente, mi hermana y yo incluidas, fue a la piscina para desentumedecerse después de tan largo viaje con solo una parada de cinco minutos para ir al baño.

10 de agosto de 2010

Viernes 16 de Julio de 2010

Ese viernes era el día en que mi familia y yo nos íbamos de vacaciones.
El vuelo salía a las nueve, pero al tratarse de un viaje internacional teníamos que estar en el aeropuerto dos horas antes. Hasta aquí, todo según lo planeado. Pero está comprobado que nada sale como se ha planeado. Hubo un retraso de dos horas y media. Salimos a las once y media. En el avión nos dieron comida, suponemos que era típica o a medio camino, no de muy buena calidad.
Llegamos a la una. Después de que el guía nos dijera que nos esperaba el autobús a fuera, encontramos a unos hombres que nos acompañaron hasta el autobús, cargando nuestras maletas y obsequiandonos con unas flores blancas. Nosotros ingenuos creíamos que era gente de la agencia que habíamos contratado pero era gente que iba por libre aprovechándose de la ignorancia de los turistas. Al final tuvimos que pagarles. Pero como nadie había hecho el cambio de moneda (€-dinnar) pagamos en euros sin saber si nos devolvian correctamente y con la moneda adequada.
Subimos al autocar y cuando subió el guía se presento con una broma.
"Hola, soy y seré vuestro guía durante esta semana y mi nombre es el más extraño del mundo árabe: Mohamed"
Siempre digo que es mejor que sea bromista pero al mismo tiempo educado que no que sea rígido y callado menos en las explicaciones.
Empezó bien, pero no acabó del mismo modo. Nos dijo que a las cinco nos despertarían y que a las seis salíamos del hotel. O sea que solo estuvimos tres horas durmiendo. De cuatro que hubiesemos podido dormir si el hotel no hubiese estado tan lejos ni los recepcionistas nos obligasen a rellenar un papel con nombre, apellidos... y mucha más información por demás inútil. Como por ejemplo la fecha de expedición del D.N.I o pasaporte.
Información que pedían para archivar y ni tan solo mirar si era verídica o falsificada.

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