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2 de octubre de 2011

Epílogo: Jovita


Jovita sacó de debajo de la cama una cajita de madera decorada con filigranas doradas. Tan solo quería mirarla. Últimamente tenía que sacarla a relucir, no sabía porqué. Notaba como algo en su interior se movía inquieto y la incomodaba sumamente. Cómo por arte de magia el candado, que mantenía a los miedos infantiles bajo control, cedió. La tapa se abrió violentamente y lo único que podía hacer Jovita era abrir más y más los ojos, desmesuradamente. Fue en ese momento cuando unos miedos sin forma y de borrosa silueta hicieron madurar a la tierna Jovita. Ese instante crucial en que las sombras se metieron en su cuerpo sin la inocencia infantil, hicieron salir a empujones su primera etapa de la vida. Y a empellones la hicieron meterse en la piel de adolescente que le quedaba grande, aún.
Desde el mismísimo momento en que Jovita empezó a tener miedo las cosas cambiaron radicalmente. Antes tenía una habilidad pasmosa de coleccionar esas mariposas que eran la base de su felicidad. Sin embargo, ahora era mucho más torpe cogiéndolas. A menudo las cogía con poco tacto y estropeaba las delicadas alas multicolores; otras veces, se escabullían de entre sus dedos y volaban insolentes delante de sus narices; pero otras, simplemente no las veía.
Un día mientras repasaba todas las mariposas que había coleccionado a lo largo de su corta, pero a su entender larga, vida. Y vio una. Una de color azul eléctrico, o al menos ese fue su color antaño. Miró la etiqueta amarillenta que pendía de ella. "Primavera. 8 años". Se preguntó como consiguió un ejemplar en tiempos tan turbulentos y revueltos. Cogió un pequeño frasco y metió al pobre insecto doblandole las alas.
Corrió descalza con el frasco en la mano mientras su vestido volaba. Sin aliento se tiró al suelo de rodillas. Escavó frente al Mediterráneo, muy muy muy profundo, un hoyo donde poder enterrar a la mariposa del pasado. Tenía que enterrar su pasado. Viviría con él, pero no podía convivir con él.

The End ~

19 de agosto de 2011

Un grano de arena

Ella en frente del gran espejo. Se siente insignificante, una nonada. Su cuerpo, recién sumergido en agua tibia, chorreaba y su larga melena se aferraba a su piel suave y tersa. La superficie que le devolvía su reflejo la intimidaba. Le estaba enseñando descaradamente su desnudez y eso le producía inseguridad. Incómoda, se acercó a verse a si misma. Empezó por su bello rostro. Escondido tras un mechón rebelde había un resto de su adolescencia que se mostraba reticente en marcharse. Bajó su mirada un poco hasta sus senos turgentes, los cogió entre sus manos para inmediatamente apartarlas, sonrojada. Agudizó un poco más la vista para ver una cosa que jamás había visto antes en su cuerpo. Una peca, oscura. No estaba ahí hacía un par de días. O quizás si y ella no lo había visto. Era un puntito perdido en medio de la carne, solo eso.
El descubrimiento se hubiese podido quedar allí, pero su mente empezó a sacar apresuradas conclusiones. Quien sabe si falsas o ciertas. Era pronto para saberlo. Volvió a mirarse la peca, pero desde distintos ángulos. Y por eso entonces de ver una manchita marrón le pareció ver un cáncer. Melanoma, un tumor de las células. Se espanta y abre los ojos de par en par. No, no, no, no! Pero no llegan ni a salir de su garganta. "Dicen que es un cáncer de jóvenes, y yo estoy en la flor de la vida..."
Se pone la ropa aprisa y tiene que abrocharse los sostenedores más de una vez de lo mal que se los ha puesto. Sale corriendo vestida y con el pelo empapado.
-¡Madre! - y un punto de desesperación tiñe su voz. - Pídeme hora para el dermatólogo, ¡ya!

14 de agosto de 2011

Caer en el cielo

El viento intentaba alborotarle su larga melena que estaba recogida en una cola al mismo tiempo que jugueteaba con su falda. Abrió la verja que tenía en frente, dejó los zapatos detrás y atravesó todo el camino de gravilla descalza a pesar del dolor en las plantas de los pies. A un lado había la piscina y más allá los campos y los bosques. Rodeó la piscina, no una vez, sino seis o siete veces. Mientras lo hacía contemplaba el cielo. Un cielo de ocho de la tarde cuando el sol se pone tras los árboles dejando tras de si una estela de colores de atardecer. Además el firmamento estaba salpicado de nubes blancas y finas como si se tratara de algodón deshilachado.
Finalmente se dirigió a las escalas pero solo puso los pies hasta los tobillos. Meditó unos segundos y salió del agua. Sus pies le llevaron al otro extremo, donde el agua superaba los dos metros de profundidad.
Una brisa volvió a soplar y ella se quitó el coletero para complacer al viento. Con el pelo al aire dio rienda suelta a sus pensamientos pesimistas y oscuros. Fijó sus ojos en lo azul y vio el reflejo límpido del atardecer. Su cuerpo se inclinó levemente hacia el agua, luego un ápice más y su inclinación era ahora peligrosa. Cerró sus ojos claros y contuvo la respiración. Sus pies dejaron de notar tierra bajo sus plantas y su cuerpo cayó como un peso muerto en plancha sobre la superficie del agua. No se movió. No salió en busca de oxígeno. De hecho no dejó de contener la respiración en ningún momento. Sólo cuando su cuerpo dejó de rogarle a gritos que llenara sus pulmones. A pesar del dolor ella hizo caso omiso a la llamada desesperada de sus pulmones.
Una piscina. Un cielo de atardecer y el reflejo del mismo en el agua. Era idéntico, excepto que en el agua turbia había un cuerpo inerte flotando. Una pobre muchacha presa de sus propios pensamientos y acosada por ellos y que se había tirado al agua. Pero de hecho había caído al cielo.

12 de agosto de 2011

Magia negra

Me moría de calor ahí sentada en el vagón del tren. Las piernas se adherían al asiento y la ventana abierta poco bien me hacía. Así que me fui a fuera. Era uno de esos trenes antiguos de hace casi un siglo y que entre vagones hay un espacio para estarse. Antes de entrar en el túnel tuve suficiente tiempo para empaparme de la belleza de las vastas tierras que me rodeaban. Campos y pequeñas casas desperdigadas y más lejos, las montañas. Cuando por fin entramos y la luz queda atrás me dispongo a que la hermosura de la oscuridad me envuelva.
Las paredes parecen correr justo en mis narices como si quisieran igualar, en vano, la velocidad del viento. La luz que proviene del vagón queda reflejada en la piedra y veo como las sombras danzan rápidas. Pronto caeré bajo el influjo de las tinieblas. Siento como el aire helado penetra bajo las faldas de mi vestido y asciende abombandolas. Alborota mi pelo casi con violencia y mi cuerpo se zarandea sin voluntad a pesar de agarrarme con las manos en los barrotes. Entrecierro un poco los ojos, lo suficiente como para ver, pero las imágenes se difuminan.
Las paredes lisas continúan pasando. Parpadeo. De repente me parece que se han tornado rugosas. Parpadeo. Creo haber visto un brillo, como si fuera nácar. Por alguna razón la situación se vuelve inquietante para mi. Ahora sé seguro que hay brillo en las paredes, sé que si extendiese mi brazo, las yemas de mis dedos percibirían una superficie resbalosa. Me estremezco sin razón aparente. Cierro un poco más los ojos y las sombras de la pared se metamorfosean. Esas figuras danzantes oscuras son fantasmas. Figuras fantasmales que viven donde las paredes brillan lejos de la luz. No puedo más y cierro los ojos. Mi cuerpo se mece con demasiada fuerza adelante y hacia atrás.
Entonces, ¡una mano! Me roza el hombro. Abro los ojos desmesuradamente y de inmediato. Miro y veo que alguien hace señas. Me advertía que estaba demasiado lejos y que estaba sacando mucho mi cuerpo hacia fuera. Me giro, me aparto y sonrío para mis adentros.
Suerte de esa advertencia, pues estaba a punto de caer en los brazos de las tinieblas.

23 de marzo de 2011

El miedo

Abrí la cajita y de ella salió una nube cuál carbón, cándida que fui al pensar que sus intenciones no serían del mismo color. El humo avanzó, lejos de mí y de mi control. Igualmente, si hubiera estado a mi alcance mi dominio sobre él hubiera sido poco más que insuficiente.
Entonces la vi. Entre los árboles, indefensa, incauta. Realmente la incauta era yo. Dejar que eso se fuera era descerebrado, ella no tenía culpa alguna de mi insensatez. Y eso avanzó más y más. Ella lo vio. Sus pupilas se dilataron: de terror. La nube hizo tentativas de atacarla, la cercó y luego extendió un brazo hacia ella. Ella se escondió detrás de un árbol.
Yo grité y el brazo se alejó. La masa le dejó margen. Yo corrí hacia el humo para ahuyentarlo y lo conseguí. Me encontré con su mirada aterrada y solo fui capaz de susurrar:
-Lo siento.
Corrí detrás del Miedo y tras debatir largo rato lo metí en la cajita y juré que en mi vida pasaría algo igual.
Me alejé del bosque a paso muy ligero. Pobre muchacha, pensé. Y deseé con todas mis fuerzas no volver a verla nunca.

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