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5 de noviembre de 2011

*Lluvia*


Desperté. Había olvidado por completo esa música de piano que sonaba incansable en el reproductor con el modo repetición. Durante media hora había cortado la conexión entre el mundo y yo. Tumbada en el sofá, con la vista en el techo blanco intentaba volver a la realidad. Estiré la manta hasta que cubrió la punta de mi nariz, pero el frío se coló por los, ahora, indefensos pies. Y así de repente me sentí incómoda, allí echada. Dejé la manta tirada a un lado y en un instante sentí el impulso de correr. Yo siempre obedezco mis impulsos del momento. Subí corriendo las escaleras de dos en dos y cuando llegué a mi habitación me senté en frente de la ventana para contemplar el tiempo otoñal.
Me gusta perder el aliento. Luego recuperarlo, mientras oigo mi respiración agitada, verme reflejada en el vidrio y observar que enseño un poco los dientes al tener la boca abierta. Me encanta esa sensación de reírme aún cuando no tengo la respiración acompasada. Miré hacía un lado, sonaron las campanas de la iglesia tocando no-sé-que-hora. Ni que me importara a mí. Y como si alguien hubiese abierto el grifo empezó a diluviar.
El agua caía con una fuerza inaudita, e incluso yo que adoro estar bajo la lluvia me lo hubiese pensado dos veces. Las calles ya inundadas dejaron de ser calles. Ahora eran ríos, torrentes, riachuelos que a cada minuto se agrandaban. Los tejados chorreaban y les faltaba muy poco para ser cascadas en miniatura. Bendito sonido que me llena los oídos y tiene ese algo que no entiendo y que hace que mi humor aumente a medida que lo hace la intensidad. Cuanto más llueve más paz hay en mi interior. Si por mi fuera podría venir la estación de lluvias y que el monzón arrastrara todo lejos de aquí. Podría llevarse todos mis males.

14 de agosto de 2011

Caer en el cielo

El viento intentaba alborotarle su larga melena que estaba recogida en una cola al mismo tiempo que jugueteaba con su falda. Abrió la verja que tenía en frente, dejó los zapatos detrás y atravesó todo el camino de gravilla descalza a pesar del dolor en las plantas de los pies. A un lado había la piscina y más allá los campos y los bosques. Rodeó la piscina, no una vez, sino seis o siete veces. Mientras lo hacía contemplaba el cielo. Un cielo de ocho de la tarde cuando el sol se pone tras los árboles dejando tras de si una estela de colores de atardecer. Además el firmamento estaba salpicado de nubes blancas y finas como si se tratara de algodón deshilachado.
Finalmente se dirigió a las escalas pero solo puso los pies hasta los tobillos. Meditó unos segundos y salió del agua. Sus pies le llevaron al otro extremo, donde el agua superaba los dos metros de profundidad.
Una brisa volvió a soplar y ella se quitó el coletero para complacer al viento. Con el pelo al aire dio rienda suelta a sus pensamientos pesimistas y oscuros. Fijó sus ojos en lo azul y vio el reflejo límpido del atardecer. Su cuerpo se inclinó levemente hacia el agua, luego un ápice más y su inclinación era ahora peligrosa. Cerró sus ojos claros y contuvo la respiración. Sus pies dejaron de notar tierra bajo sus plantas y su cuerpo cayó como un peso muerto en plancha sobre la superficie del agua. No se movió. No salió en busca de oxígeno. De hecho no dejó de contener la respiración en ningún momento. Sólo cuando su cuerpo dejó de rogarle a gritos que llenara sus pulmones. A pesar del dolor ella hizo caso omiso a la llamada desesperada de sus pulmones.
Una piscina. Un cielo de atardecer y el reflejo del mismo en el agua. Era idéntico, excepto que en el agua turbia había un cuerpo inerte flotando. Una pobre muchacha presa de sus propios pensamientos y acosada por ellos y que se había tirado al agua. Pero de hecho había caído al cielo.

27 de mayo de 2011

Estaba sentada en el borde de la piscina; pataleando. Le gustaba oír el sonido que hacían sus pies al chapotear en el agua. Estaba absorta fijándose en los rayos de sol que caían sobre las ondas del agua que se expandían. Las bellas líneas que formábase sobre lo transparente, el suelo embaldosado parecía tener vida pues un sinfín de reflejos del agua, el sol y una combinación de ambos danzaba sin parar. Movió los pies con más fuerza para hacer más ruido y deleitarse con él. Estaba tan concentrada en ese placer en miniatura que no se dio cuenta de unos pies mojados que se movieron detrás suya de manera cautelosa.
Antes de que pudiera darse cuenta de lo que pasaba unas manos tocaron su espalda, iba a girarse, pero esas manos masculinas no le dieron tiempo a hacer tal cosa. Con fuerza y al mismo tiempo con suavidad la empujaron hacia delante. Su cuerpo dejó de sentir el soporte de antes y sus piernas se encontraron con el agua. El momento antes de que el agua la cubriese por completo  le robó un gritó de la garganta. Involuntario y sorprendido. Xaf! Salió desconcertada a por aire y se tiró los pelos hacia atrás para poder ver de hito en hito al culpable. Dicho culpable se hallaba frente a ella. Lo primero que vio son sus pies, subió la mirada con rapidez, pero en su mente las imágenes pasaron a cámara lenta. Sus piernas fuertes, el bañador negro y mojado que se le cogía a la piel, el torso musculado y moreno, sus brazos dejados caer a cada lado, sus bíceps marcados pero sin llegar a ser exagerados, sus anchos hombros, su cuello y luego; su cara. Al parpadear una gota se desprendió de sus pestañas. Ambos ojos se encontraron.
Pam exhaló aire.
-¿Por qué has hecho eso?
Él lució sus sonrisa más pícara cuando dijo:
-Era una tentación que no podía resistir
Él recibió una respuesta húmeda de ella. No una, si no varias veces ella le salpica. Pero no hace sino ridiculizar la situación.
-Cuando salga de aquí, verás...
-¿Qué me vas a hacer tú?
-Yo...mmm...¡ya verás! - Titubea y aseguraría que sus mejillas están cubiertas por un suave rubor.
Inesperadamente él se agacha y le dice en voz suave:
-Estoy impaciente.
Ella se sumerge en el agua y no sale ni para tomar el aire que necesita hasta llegar al otro lado de la piscina.

21 de mayo de 2011

No se empieza siempre por el principio

-Hola - dijo él con una sonrisa radiante.
-Hola. Hoy estás de muy buen humor. - observó ella devolviendole una sonrisa del mismo nivel.

Casi nunca se hablaban y eso que se veían dos veces a la semana. Pero él a menudo encontraba mil distracciones a parte de ella. En cambio Pam si que deseaba ese contacto, pero con el chico se mostraba tímida y reacia a dar el primer paso. Más tímida que reacia. Cada día se le ocurrían centenares de cosas que decirle, interrogantes que presentar y risas para compartir. Por no hablar de las miradas...
Él se dirigió al trampolín y el momento antes de zambullirse, ella tuvo tiempo de darse cuenta de lo guapo que era y el atlético cuerpo que tenía. Lo único que no le gustaba de él era su humor cambiante cual la luna. Cuando el agua la salpicó tomó una decisión: le pediría el número de teléfono antes de que acabara todo. O sino se maldeciría a si misma durante mucho, muchísimo tiempo.

16 de marzo de 2011

Sin verguenza

Se metió en la piscina y puso las gafas para poder ver debajo del agua. Antes de tomar aire y sumergirse vio que detrás del cristal que separaba las instalaciones del bar estaba él. Sentado en una silla, mirando los nadadores en lugar de ser él uno de ellos; como siempre era. Esta vez no. La intriga nació en ella. Entonces si tomo aire y su cabeza y cuerpo quedaron por debajo del agua. El estilo que hacía le permitía verle a cada respiración, ella misma lo sabía sino hubiese hecho crol que le gustaba más. Poco a poco la distancia quedó corta. Y sus ojos encontraron los suyos. Ni un segundo antes de desaparecer bajo el agua. Por mala suerte ahora había una pared delante, el fin de la piscina, y no podía verlo. ¿Que hacer ahora?¿Darle la espalda e ir nadando? Tuvo una idea mejor. La escalera le quedaba muy cerca. Cogió el pasamanos y puso un pie en el primer escalón. A pesar de ser muy descarado su cabeza asomó por encima de la pared. Y esos ojos volvieron a encontrarla. Ella divertida giró la cabeza y se zambulló en el agua. Y pensar que casi nunca hablaban...

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