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10 de diciembre de 2011

Debería ser otra yo


Yo nací en el lugar equivocado y muchos años después de lo que debería. No sé si debería culpar a todos los libros románticos de esa época que he leído y que tanto adoro. Quizás sean ellos los que me han inculcado ideas que difieren de las que tienen todos los demás. A mi no me importaría casarme y dedicar mi vida a mis retoños. Ni tener que asistir a bailes y cenas vistiendo elegantemente inclinándome ante mis anfitriones. Siento que debería haber sido contemporánea de Jane Austen y de muchos más. Que España no debería ser mi tierra, sino más bien, la lluviosa Inglaterra. 
Porqué me gustan esos diálogos refinados y enrevesados. En los que, con un lenguaje cuidado se puede ofender a una dama o insultar a un caballero. Me gusta más el escenario rural que no el urbano que caracteriza el siglo veintiuno. Que una de mis preocupaciones principales fuera mi vida social no supondría ningún problema, ni tampoco tener que esmerarme en atraer a cierto caballero que pudiera ser mi futuro marido. Ciertamente, más que un problema sería un deleite para mí. 
Sería dichosa si pudiera verme a mi misma dando vueltas grácil y delicada en una ballroom ataviada con un bello y largo vestido mientras mi pareja me sonríe de manera cordial, con una mano en mi cintura y otra cogida de la mía. Y el sonido de un violín acompañando nuestros pasos no haría otra cosa que sacarme una dulce sonrisa. 

7 de diciembre de 2011

Las estrellas si saben sonreír


Las cosas han cambiado. Tengo la deliciosa impresión de que todas para bien. Mi cuerpo ha dejado atrás la piel infantil, el espejo me confirma que las curvas de mujer son ahora mías completamente. Mi mente da prioridad a asuntos distintos, los cuáles en una edad de inocencia ni siquiera sabía de su existencia. Mi personalidad también ha sufrido variaciones. Me gustaría decir que he madurado. Yo creo que lo podríamos llamar así. Al fin y al cabo de eso se trata la adolescencia. De madurar, de volverse adulto. Aunque visto como me he comportado esta noche, aún disto mucho de la madurez, y no quiero salvar la distancia que nos separa.
He reído como hacía tiempo que no reía; hemos intercambiado confidencias; hemos compartido miedos, deseos, experiencias, anécdotas y muchísimas cosas más que alargarían el etcétera una barbaridad. Con ella no he tenido que fingir nada en absoluto. Mis carcajadas se unían con las suyas y resonaban claras por la habitación. Luego cuando el mantel nocturno nos ha cubierto hemos temblado juntas mientras nos abrazábamos para darnos calor y amistad. Cuando la tontería nos ha subido a la cabeza nos hemos columpiado hasta que nuestros pies han tocado las estrellas al mismo tiempo que nuestra cabeza no paraba de rodar. Nos hemos vuelto abrazar, a saltar emocionadas por el hecho de estar en excelente compañía y cogidas de las manos hemos dado vueltas incansables dependiendo nuestro equilibrio de nuestra unión. El equilibrio aún continúa.
Ella es mi estrella.

2 de octubre de 2011

Epílogo: Jovita


Jovita sacó de debajo de la cama una cajita de madera decorada con filigranas doradas. Tan solo quería mirarla. Últimamente tenía que sacarla a relucir, no sabía porqué. Notaba como algo en su interior se movía inquieto y la incomodaba sumamente. Cómo por arte de magia el candado, que mantenía a los miedos infantiles bajo control, cedió. La tapa se abrió violentamente y lo único que podía hacer Jovita era abrir más y más los ojos, desmesuradamente. Fue en ese momento cuando unos miedos sin forma y de borrosa silueta hicieron madurar a la tierna Jovita. Ese instante crucial en que las sombras se metieron en su cuerpo sin la inocencia infantil, hicieron salir a empujones su primera etapa de la vida. Y a empellones la hicieron meterse en la piel de adolescente que le quedaba grande, aún.
Desde el mismísimo momento en que Jovita empezó a tener miedo las cosas cambiaron radicalmente. Antes tenía una habilidad pasmosa de coleccionar esas mariposas que eran la base de su felicidad. Sin embargo, ahora era mucho más torpe cogiéndolas. A menudo las cogía con poco tacto y estropeaba las delicadas alas multicolores; otras veces, se escabullían de entre sus dedos y volaban insolentes delante de sus narices; pero otras, simplemente no las veía.
Un día mientras repasaba todas las mariposas que había coleccionado a lo largo de su corta, pero a su entender larga, vida. Y vio una. Una de color azul eléctrico, o al menos ese fue su color antaño. Miró la etiqueta amarillenta que pendía de ella. "Primavera. 8 años". Se preguntó como consiguió un ejemplar en tiempos tan turbulentos y revueltos. Cogió un pequeño frasco y metió al pobre insecto doblandole las alas.
Corrió descalza con el frasco en la mano mientras su vestido volaba. Sin aliento se tiró al suelo de rodillas. Escavó frente al Mediterráneo, muy muy muy profundo, un hoyo donde poder enterrar a la mariposa del pasado. Tenía que enterrar su pasado. Viviría con él, pero no podía convivir con él.

The End ~

27 de septiembre de 2011

Jovita crece


Con el tiempo Jovita aprendió a decir que si y emitir sonidos, escuchando lo que su padre le decía pero sin prestarle atención. Él ni se daba cuenta. Muchas veces se hacía la cansada y se dormía en el coche para ahorrarse una hora de palabrería. Al principio ella le contaba lo que su padre le decía a su madre, excepto lo de los correos por culpa de su falsa culpabilidad. Fue entonces cuando su madre le explicó su versión. Al ver que sus historias no cuadraban en casi nada Jovita, ya con diez años, decidió que no querría volver a oír nada más acerca del tema. Ambos progenitores no acabaron de entender sus motivos y alegaron que debía saber la verdad. Ella no les contestó que prefería tener su propia versión a pesar de que, probablemente, fuera errónea.
Vivió años feliz y casi ignorante. A medida que pasaban los años ya no podía creerse lo que su mente creó hacía ya un par de años. Contaba los doce cuando su hermana hizo las paces con su padre, y trece cuando volvieron a enfadarse.
Y un día pasados muchos meses fue a casa de su tía, la hermana de su madre. Ella era la única de la familia que se llevaba "bien" con su padre tras lo ocurrido. Ella fue la única, la primera y la última que le contó la verdad. Pero eso jamás se lo dijo a su padre, hubiese significado un distanciamiento brutal. Ni a su madre que hubiese sido como ponerse de su parte. Y eso eran dos cosas que ella no quería que sucedieran.
Si no quería ponerse del lado de nadie era porque la relación de sus padres era una batalla a campo abierto. Y es cierto que en medio se recibe más que en ningún otro sitio, pero posicionarse hubiese significado recibir el golpe directamente y ella no era una chica tan dura. Ella fue Suiza y siempre lo fue.

9 de septiembre de 2011

Ojalá fuera falso


-Lo que ahora voy a contarte, es una cosa que jamás he podido explicar sin llorar. - dijo ella
Lo que no se puede llamar un buen comienzo. El relato empezó. Pero no era una historia, era una memoria, un trocito de su vida y una maldita verdad. Una pregunta por su parte, luego una explicación y finalmente una sentencia. 
Ella echada sobre la cama y recostada sobre dos cojines parecía tener la vista tan nublada como yo. No mentía ni exageraba al decir que nunca podía evitar el llanto al comunicarlo. Bajé la cabeza para que las primeras lágrimas mojasen las sabanas. Dos puntitos, pronto se duplicarían. 
-¿Qué opinas? - dijo ella mientras lloraba. 
-Que es muy triste. - Una lágrima corroboró mis palabras. Y pensé que todo cuanto me había contado no podía ser verdad, no podía serlo, debía de ser falso. Parecía una de esas historias deprimentes que solo se escriben en papel acerca de la vida, pero que no parece que vayan a hacerse materiales en la vida de una. Deseé con todas mis fuerzas que todas sus vocales y consonantes salidas de su boca no fueran más que parte de un cuento. No un cuento de niños, tan solo un cuento. Uno que se cuenta a las 10 de la noche a tu sobrina, mientras ambas están estiradas encima de la colcha. "Que sea una historia, que lo sea, que sea una maldita historia". Pero engañarse no sirve de nada. Y no era una historia.
-No es justo - y yo tenía razón. Era de todo menos justo.
-Cariño, ¿te han dicho alguna vez que la vida no es de color de rosa? Si no te lo han dicho, yo te diré que a veces es una mierda. 
Ante semejante barbaridad, sonreí. Y asentí mientras una lágrima penetraba en mi sonrisa. 
-A pesar de esto - continuó - te das cuenta que no son los grandes gestos si no los pequeños detalles los que nos alegran ésta existencia. 
-No quería acabar llorando.
-Pues ya ves... Hemos acabado las dos llorando como tontas. 
Ambas sonreímos

19 de agosto de 2011

Un grano de arena

Ella en frente del gran espejo. Se siente insignificante, una nonada. Su cuerpo, recién sumergido en agua tibia, chorreaba y su larga melena se aferraba a su piel suave y tersa. La superficie que le devolvía su reflejo la intimidaba. Le estaba enseñando descaradamente su desnudez y eso le producía inseguridad. Incómoda, se acercó a verse a si misma. Empezó por su bello rostro. Escondido tras un mechón rebelde había un resto de su adolescencia que se mostraba reticente en marcharse. Bajó su mirada un poco hasta sus senos turgentes, los cogió entre sus manos para inmediatamente apartarlas, sonrojada. Agudizó un poco más la vista para ver una cosa que jamás había visto antes en su cuerpo. Una peca, oscura. No estaba ahí hacía un par de días. O quizás si y ella no lo había visto. Era un puntito perdido en medio de la carne, solo eso.
El descubrimiento se hubiese podido quedar allí, pero su mente empezó a sacar apresuradas conclusiones. Quien sabe si falsas o ciertas. Era pronto para saberlo. Volvió a mirarse la peca, pero desde distintos ángulos. Y por eso entonces de ver una manchita marrón le pareció ver un cáncer. Melanoma, un tumor de las células. Se espanta y abre los ojos de par en par. No, no, no, no! Pero no llegan ni a salir de su garganta. "Dicen que es un cáncer de jóvenes, y yo estoy en la flor de la vida..."
Se pone la ropa aprisa y tiene que abrocharse los sostenedores más de una vez de lo mal que se los ha puesto. Sale corriendo vestida y con el pelo empapado.
-¡Madre! - y un punto de desesperación tiñe su voz. - Pídeme hora para el dermatólogo, ¡ya!

14 de agosto de 2011

Caer en el cielo

El viento intentaba alborotarle su larga melena que estaba recogida en una cola al mismo tiempo que jugueteaba con su falda. Abrió la verja que tenía en frente, dejó los zapatos detrás y atravesó todo el camino de gravilla descalza a pesar del dolor en las plantas de los pies. A un lado había la piscina y más allá los campos y los bosques. Rodeó la piscina, no una vez, sino seis o siete veces. Mientras lo hacía contemplaba el cielo. Un cielo de ocho de la tarde cuando el sol se pone tras los árboles dejando tras de si una estela de colores de atardecer. Además el firmamento estaba salpicado de nubes blancas y finas como si se tratara de algodón deshilachado.
Finalmente se dirigió a las escalas pero solo puso los pies hasta los tobillos. Meditó unos segundos y salió del agua. Sus pies le llevaron al otro extremo, donde el agua superaba los dos metros de profundidad.
Una brisa volvió a soplar y ella se quitó el coletero para complacer al viento. Con el pelo al aire dio rienda suelta a sus pensamientos pesimistas y oscuros. Fijó sus ojos en lo azul y vio el reflejo límpido del atardecer. Su cuerpo se inclinó levemente hacia el agua, luego un ápice más y su inclinación era ahora peligrosa. Cerró sus ojos claros y contuvo la respiración. Sus pies dejaron de notar tierra bajo sus plantas y su cuerpo cayó como un peso muerto en plancha sobre la superficie del agua. No se movió. No salió en busca de oxígeno. De hecho no dejó de contener la respiración en ningún momento. Sólo cuando su cuerpo dejó de rogarle a gritos que llenara sus pulmones. A pesar del dolor ella hizo caso omiso a la llamada desesperada de sus pulmones.
Una piscina. Un cielo de atardecer y el reflejo del mismo en el agua. Era idéntico, excepto que en el agua turbia había un cuerpo inerte flotando. Una pobre muchacha presa de sus propios pensamientos y acosada por ellos y que se había tirado al agua. Pero de hecho había caído al cielo.

23 de marzo de 2011

El miedo

Abrí la cajita y de ella salió una nube cuál carbón, cándida que fui al pensar que sus intenciones no serían del mismo color. El humo avanzó, lejos de mí y de mi control. Igualmente, si hubiera estado a mi alcance mi dominio sobre él hubiera sido poco más que insuficiente.
Entonces la vi. Entre los árboles, indefensa, incauta. Realmente la incauta era yo. Dejar que eso se fuera era descerebrado, ella no tenía culpa alguna de mi insensatez. Y eso avanzó más y más. Ella lo vio. Sus pupilas se dilataron: de terror. La nube hizo tentativas de atacarla, la cercó y luego extendió un brazo hacia ella. Ella se escondió detrás de un árbol.
Yo grité y el brazo se alejó. La masa le dejó margen. Yo corrí hacia el humo para ahuyentarlo y lo conseguí. Me encontré con su mirada aterrada y solo fui capaz de susurrar:
-Lo siento.
Corrí detrás del Miedo y tras debatir largo rato lo metí en la cajita y juré que en mi vida pasaría algo igual.
Me alejé del bosque a paso muy ligero. Pobre muchacha, pensé. Y deseé con todas mis fuerzas no volver a verla nunca.

19 de marzo de 2011

Un lío mental

No sé lo que quiero. Tampoco tengo claro lo que no quiero. Simplemente me limito a querer, aún sin saber el que.
En este preciso instante mi corazón no siente, no está entretenido con el amor, ni con el deseo, ni con la esperanza. Está vacío. No debería estarlo. Porque yo, en conjunto, me siento vacía. En algunos momentos puntuales entran algunas gotitas de sangre y lo llenan. Pero se evaporan antes de que tenga constancia de ellas. Es rápido; demasiado.
Antes estaba enamorada y me sentía vacía por su ausencia. Hoy ya no le quiero, ya no le necesito. Pero tampoco quiero a otro ni tampoco necesito a nadie. Y eso, en parte, me hiere.
Veo a mis amigas que arden de deseo; que consumen su amor en una relación; o que suspiran por hacerlo. ¿Que hago yo mientras? Me limito a mi rutina. Pero si que en mis momentos de debilidad, en los cuáles me siento más vacía que nunca y que ni siquiera el oxígeno me llena, suspiro por amar y por encima de todo ser amada. Pero suspirar no arregla nada.
No quiero ser un borrego y seguir a la manada, tampoco la moda va a ser mi guía, ni un patrón definido. Para algo tengo piernas y una mente: para crear mi camino y con mis manos moldearlo. Por eso me empeño en no querer ser como los demás o hacer lo que hacen otros. Aunque eso despierte la envidia.
Sé que mientras esté vacía, esa envidia queda anulada. Y que a pesar de llenarme, gota a gota, con empeño lograré dominar mi envidia. No me preocupa la envidia. Lo que más me preocupan son un par de palabras. Que se reducen a esto: querer, ser querido, lleno, vacío.

14 de marzo de 2011

Reflexión

Entonces te vas a la cama. Te pones el edredón encima de tu cuerpo frío, débil y frágil. Un virus, un microorganismo podría entrar en tu cuerpo y destruirte en menos que canta un gallo. Por lo tanto, te cubres, te proteges con una manta de calor. Haces una bola con tu cuerpo. Ni las plumas de quien sabe que animal te protegen lo suficiente. Finalmente entras en calor pero estás cómodo hecha una bolita. En posición fetal, tal cual un niño pequeño. De hecho todavía eres un crío a ojos de la vida. Ni que pasaran cien años serías lo bastante mayor y maduro para la humanidad. Eres siquiera un suspiro en el transcurso de la eternidad. ¿Y que haces? Te duermes porque eso no te preocupa. Tienes problemas más importantes en que pensar. Si es que a eso se lo llama problema.

12 de marzo de 2011

Deseos marchitos


Miró por encima de sus hombros. ¿Y que veía? Unos ojos fijos, de color indefinido, inhibidos pero al mismo tiempo atrevidos. Eran suyos. Y era ella la propietaria de esas esferas, pero saber eso le tomo un par de segundos. Porque su mente no estaba en el presente y por lo tanto no reconocía a su yo del presente. Para ella, en esos momentos estaba por venir. No parecía que mirara un espejo por encima del hombro. Miraba el pasado, con los parpados bajados.
Contó cuantos años hacía que vivía en esa casa, cuantos hacía desde ese piso blanco y luminoso y su piscina, cuantos desde el primer avión que cogió sola. Dos, tres y más de cinco. No se lo podía creer. Se acordó que de pequeña se divertía contando cuantos años faltaban para que la edad que tenía en esos momentos fuese la mitad de la que tendría. Cuando hizo eso tenía siete años. Ahora su edad tenía un número superior a siete como mitad.   No le entraba en sus sesos que más de la mitad de su vida hubiese vivido en un lugar lejos de donde había nacido. En realidad si que lo entendía no era difícil seguir el hilo de los acontecimientos. Pero todo había pasado de un modo un tanto peculiar. En el fondo sabía que también esa palabra estaba equivocada. Lo único que pasaba es que a ella todo eso la había sorprendido. Nada más ni nada menos. Eso no quería decir que fuera sorprendente. De hecho fue una cosa bastante normal. No quiso entrar en detalles.
Y pensó en los deseos de antaño, infantiles, ingenuos, cándidos, inmaduros... Todavía se acordaba de algunos de ellos. Como que querría vivir en la misma casa hasta poder independizarse. Que imaginaba una vida en la que sus padres vivirían siempre juntos. Deseaba casarse con un chico del pueblo (quedaba por decidir cuál) y si ella heredaba la casa vivir en ella. Si eso lo hacía su hermana se comprarían una en las afueras del pueblo.
Podía ver ese vestido anaranjado todavía colgado en el armario empotrado, veía las horas jugueteando en el sofá, los minutos de terror al ver un monstruo en el televisor y su diminuto cuerpo agarrado a uno mayor que el suyo. Todos esos recuerdos le quedaban pequeños. Igual que el vestido del armario. Tampoco los deseos se habían podido adaptar a ella.
Por eso ella se había visto obligada a comprar unos vestidos nuevos y descolgar los deseos de las estrellas fugaces. Eso último fue lo más arduo de hace. Las estrellas fugaces son rápidas pero ella lo fue más.

9 de febrero de 2011

Dudas

Hará unos meses, quizás medio año, quizás más, tenía claras las ideas. Ideas acerca del amor. Eran opiniones jóvenes, medias realidades y era consciente de eso. En esa época me gustaba un chico, ahora uso el verbo gustar porque es el correcto, entonces me permití usar la palabra amor. ¡Ingenua! De todas formas, fuese lo que fuese, duró bastante, pese a no ser correspondido. Año y medio para ser precisos. Demasiado, desde mi punto de vista, tiempo perdido en vano. Ningún provecho, salvo la experiencia. O puede que ni eso.
El caso es que una vez que dejó de gustarme, desde ese momento hasta el presente ningún otro chico ha vuelto a ocupar mi mente o mi corazón. Ni uno solo. ¿Que sentimiento provoca eso? Nada. ¿Es normal? No lo sé, yo no tengo la respuesta a tal pregunta ni creo ser tan sabia en mi vida para poderlo saber. El amor es la cosa más incierta, más abstracta y más relativa que jamás tengo previsto ver en mi vida.
Un hecho que nada tiene que ver, aparentemente, con todo esto es que últimamente me gusta mucho un grupo de música llamado Westlife. Lo que suelen cantar son baladas románticas. Casi todas desde el punto de vista del chico. Lógico. De las que más escucho ni una parece ser él el que termina con la relación. Ni tampoco el que más recibe, es el que más da. ¿El motivo por lo cuál explico esto? A pesar de escuchar Westlife y sus baladas, y ver centenares de películas de amor y esas cosas, estoy empezando a dudar seriamente de él. Lo repetiré por si no se entiende: dudo del amor. Es increíble ver escritas estas palabras o oírlas dentro mi cabeza. Yo, que defendía el amor por encima de muchas cosas. Yo, quien soñaba con tener el chico azul para mi, locamente enamorado por mi. Yo, que me hacía mil y una fantasías del mismo tipo.
¡Si, yo!
Dudo de volver a enamorarme, de que un chico se enamore de mi, e incluso dudo de que los hombres puedan enamorarse. Sé que es una estupidez y que no me faltan pruebas. Pero no me convencen. Por alguna extraña razón todo esto se me escapa. Es como si la experiencia en lugar de darme conocimientos, me los arrebatara.
Aún así, a pesar de la duda que tengo acerca del amor, sé que todavía hay esperanzas en mi. Y que una parte de mí, se sienta en el alfeizar de la ventana, con las persianas abiertas esperando a que venga un rayo de sol que ilumine todo: las dudas, las preguntas, las afirmaciones que nadie corroboró y espero que otro rayo me traiga el amor.

2 de febrero de 2011

Look at me!

Estaba viendo una película cuando decidió pararla para continuarla viendo al día siguiente. Pulsó dos botones y la televisión se apagó. Empezó a limpiar la mesa y mientras se llevaba el pan a la cocina, a medio camino por el pasillo, empezó a lloriquear. Dejó el pan en su sitio y fue a buscar el agua para hacer lo mismo. Cada vez sus sentimientos le estrechaban más y más la soga que parecía llevar en el cuello. Hasta que cuando con un trapo limpiaba el hule la primera lágrima bajó por su mejilla. Su garganta se secaba. Y cuando ya no tenía nada más que hacer se desplomó como un peso en el sofá. Poco rato estuvo ahí. No podía estarse quieta.
Paseándose de un lugar al otro de la habitación iba diciendo lo que pasaba con su mente. Nada se salvaba. Ni tampoco nadie. Ella sin duda, era la que peor salía pintada. Se lo echaba todo encima. Hablando en voz alta por la casa, sola, su tristeza le hizo compañía. Entonces por mala suerte acabó delante del espejo del recibidor.
Silencio. Una lágrima bajaba por su mejilla y la mojaba, aún más. Otra, peor que la anterior y mejor que la que la sucedía. No se movió por un segundo. Luego reaccionó agresiva contra la imagen que le devolvía el espejo. Por alguna extraña razón habló en inglés:
-Look at me-Sollozó con pena - Look at me! -Subió el tono de voz- LOOK AT ME! -Gritó encarándose a ella misma.
Había dicho: Mírame, ¡Mírame!, ¡MÍRAME! 
En su mente solo un adjetivo sobrevivió a su grito: patética. Y se apartó del espejo como si fuese algo contagioso. Se fue a sentarse en la cama para terminar llorando otra vez, con normalidad, con más calma. Y cuando las últimas lágrimas resbalaban ella susurró: Mírame

30 de enero de 2011

Hoy es 30 de enero de 2011

Hoy hará quince años que en un hospital tuvo lugar un nacimiento a las 14:00. Hace quince años que mi corazón empezó a latir, por suerte, todavía no ha parado y espero que esté así mucho más tiempo. Mi familia me mostró fotos de recién nacida en las que salía roja como un tomate. Tenía el pelo de color azabache, igual que ahora, y curiosamente tenía flequillo. Los ojos quizás fueran marrones o quizás eran verdes como los tengo ahora. Una cosa que siempre me hizo mucha gracia es que me decían que parecía un esquimal. Con los ojos achinados y esos cabellos negros... Esa era yo hace quince años.
Luego fui creciendo, cada día un poco más. Cada situación me hacía crecer como persona en diferentes maneras, las personas de mi alrededor eran las que más moldearon mi carácter para darle la forma que tiene hoy. Todo lo que estaba en mi mundo, de un modo u otro me enriquecía y me hacía madurar. Todos los cambios que mi vida tuvo me dejaron una huella, una huella más para añadir a mi colección. Mis decisiones formaban mi futuro, incluso aquellas que no tomaba yo.
Si, hoy es mi aniversario. Por el momento solo he tenido 15 aniversarios. Pero más me valdrá tener más. Los cumpleaños son fechas de ilusión. Evidentemente, yo estoy ilusionada. No por los regalos, ¡claro!, sino por otra cosa que me cuesta describir. Pero ¿que falta hace si todos sabéis a que me refiero?

27 de enero de 2011

Tremenda ilusión

Anda por la calle con el eco de sus tacones detrás. Cada vez se acerca más a su destino. Quiere apresarse porque la ilusión la desborda pero se contiene, no quiere parecer desesperada. Llega y ve luces dentro: se permite una sonrisa. Cuando entra va directa al mostrador. Extiende el D.N.I al hombre que hay delante y le dice:
-¿Ha llegado algo a mi nombre por correo postal?
-¿A nombre de usted?- dice mientras se levanta- Déjeme ver, no se yo...
Debía de tener la esperanza pintada en su rostro para que él hiciera broma. Porque llega con un paquete marrón en la mano. Dos etiquetas: una con su nombre y la otra con la información del remitente. Da las gracias y sale por donde ha entrado.
Una vez fuera en la calle abraza el paquete; feliz. Mientras camina abrazada al paquete va murmurando para sí:
-Dios mio, dios mio, esto no puede ser verdad, es demasiado bonito.
Casi no se da ni cuenta que lo dice en voz alta, en realidad era un pensamiento.
Queda una manzana para alcanzar su casa, pero la impaciencia de abrir el paquete la consume y se pone a correr. Corre y corre con el viento en la cara que le aparta y despeina el pelo, pero lo que no consigue borrar es la sonrisa que se ha implantado en ella. Para delante de la puerta para recobrar el aliento y todavía sonríe más. Todavía más....

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