12 de marzo de 2011
Deseos marchitos
Miró por encima de sus hombros. ¿Y que veía? Unos ojos fijos, de color indefinido, inhibidos pero al mismo tiempo atrevidos. Eran suyos. Y era ella la propietaria de esas esferas, pero saber eso le tomo un par de segundos. Porque su mente no estaba en el presente y por lo tanto no reconocía a su yo del presente. Para ella, en esos momentos estaba por venir. No parecía que mirara un espejo por encima del hombro. Miraba el pasado, con los parpados bajados.
Contó cuantos años hacía que vivía en esa casa, cuantos hacía desde ese piso blanco y luminoso y su piscina, cuantos desde el primer avión que cogió sola. Dos, tres y más de cinco. No se lo podía creer. Se acordó que de pequeña se divertía contando cuantos años faltaban para que la edad que tenía en esos momentos fuese la mitad de la que tendría. Cuando hizo eso tenía siete años. Ahora su edad tenía un número superior a siete como mitad. No le entraba en sus sesos que más de la mitad de su vida hubiese vivido en un lugar lejos de donde había nacido. En realidad si que lo entendía no era difícil seguir el hilo de los acontecimientos. Pero todo había pasado de un modo un tanto peculiar. En el fondo sabía que también esa palabra estaba equivocada. Lo único que pasaba es que a ella todo eso la había sorprendido. Nada más ni nada menos. Eso no quería decir que fuera sorprendente. De hecho fue una cosa bastante normal. No quiso entrar en detalles.
Y pensó en los deseos de antaño, infantiles, ingenuos, cándidos, inmaduros... Todavía se acordaba de algunos de ellos. Como que querría vivir en la misma casa hasta poder independizarse. Que imaginaba una vida en la que sus padres vivirían siempre juntos. Deseaba casarse con un chico del pueblo (quedaba por decidir cuál) y si ella heredaba la casa vivir en ella. Si eso lo hacía su hermana se comprarían una en las afueras del pueblo.
Podía ver ese vestido anaranjado todavía colgado en el armario empotrado, veía las horas jugueteando en el sofá, los minutos de terror al ver un monstruo en el televisor y su diminuto cuerpo agarrado a uno mayor que el suyo. Todos esos recuerdos le quedaban pequeños. Igual que el vestido del armario. Tampoco los deseos se habían podido adaptar a ella.
Por eso ella se había visto obligada a comprar unos vestidos nuevos y descolgar los deseos de las estrellas fugaces. Eso último fue lo más arduo de hace. Las estrellas fugaces son rápidas pero ella lo fue más.

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6 pequeñeces ♥:
que bonito texto te veo por mi blog, por cierto suerte con el libro
www.sinboli.com
Me gusta lo de los recuerdos comparado con los vestido , es un texto muy cálido.
Un beso
Pienso lo mismo que Dangereusse, la comparación entre el vestido y los recuerdos es genial :)
Me ha gustado mucho.
Un beso.
El texto es genial, y esa comparación que hacen también. A veces vivimos tan inmersos en el presente que ni nos paramos a reflexionar sobre el pasado o pensar sobre el futuro. Pero esta chica sí que sabe organizarse.
Me encantó, y al principio me creia que estaba mirando al chico que le gusta, que es mas alto que ella, si es que, mi imaginacion... jajaja un beso(:
Pedazo de texto, esta genial!!!!
Bss
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