28 de diciembre de 2011
Imaginaciones
Suena el teléfono.
-Mamá, cógelo tú. Yo estoy viendo la peli - grita la hija
Al cabo de un par de minutos su madre hace acto de presencia en la sala de estar.
-Fiz, era tu madre. Tus padres van a cenar fuera, no te importa quedar a dormir en casa, ¿verdad?
-Mm...en absoluto. - y sonríe
-Perfecto, ahora voy a poner el colchón en la habitación de Reyna.
Ella interviene:
-¡Que si mamá! - dice alargando todas las vocales, cansada - ahora déjanos acabar la peli que está justo en el mejor momento.
No es la primera noche que Fiz duerme en casa de los Sanz, pero siente que algo ha cambiado. Hacía tiempo que no quedaba a dormir, un año aproximadamente. Ya no son los dos niños de antaño, ya no son inocentes criaturas que hacen pasar las horas a base de interminables juegos infantiles. Tienen cerca de dieciséis años y la piel de infante quedó largo tiempo atrás. Bien que lo sabe él.
Más tarde esa noche, bajo una colcha que huele a lavanda, no consigue conciliar el sueño. Reyna duerme en su cama y él, en el suelo en un colchón. Pero lo que no le permite dormir son sus propios pensamientos. Le turba el hecho de, casi, haberse excitado con su mejor amiga. Contempla el techo liso y una ráfaga de imágenes atraviesan su mente. En todas se halla ella. Al principio son simples recuerdos, luego imaginaciones. En una están ambos cara a cara, compartiendo el mismo aire mientras las distancias entre sus narices se acorta. Sus bocas están peligrosamente cerca, escasos centímetros que él se ocupa de hacer desaparecer.
¡No! Cierra los ojos con fuerza y menea la cabeza para sacudirse esa imagen que parece entestada en permanecer viva. Abre los ojos y se da cuenta de que está frente a frente con el rostro de Reyna con una expresión de tranquilidad. Desconcertado le da la espalda y se aleja hasta el borde de su colchón hasta que llega a sentir el frío mármol.

12 de diciembre de 2011
Las chispas pueden provocar incendios
El televisor está dando la lata. Lleva así largo rato, desde que pausaron la película para dar la irritante publicidad. Reyna se inclina para poder llegar al control remoto sin tener que levantarse. A su lado está su mejor amigo, Fiz. Ambos en pijama, tumbados en el sofá y con acogedoras mantas cubriéndoles las piernas. Ella está contenta de que haya tanta confianza entre ellos dos, le gusta poder ir en pijama y con el pelo de cualquier manera sin tener que preocuparse un solo segundo de como debería lucirse. Le encanta esa situación desenfadada.
Con la punta de los dedos consigue acercar un poco más el mando y finalmente, tras un par de intentos, lo consigue. Su pijama blanco a rayas grises finas y claras es insinuante. Le va pequeño. Se le sube a cada movimiento que da y los pechos de mujer adulta se le marcan notablemente. Los botones están desabrochados y el escote es provocativo. Es traicionero, porqué al inclinarse se le sube, el escote deja a la vista más de lo que debería ser mostrado y se ciñe aún más a su esbelta figura. Fiz, es un chico, uno cualquiera y ante tan tentadora imagen delante de sus mismísimas narices no puede ignorarlo. Le mira el escote y le enciende por dentro. Reyna, ignorante de todo cuanto está sucediendo en tan solo un par de segundos, baja el volumen. Fiz sigue mirando sus pechos, de repente, como volviendo de un trance, despierta. Retira inmediatamente los ojos para fijarlos en el monitor. Un rubor enciende sus mejillas poderosamente y su cuerpo se tensa. La chica le mira extrañada pero no le da mayor importancia y sube el volumen porque la película empieza de nuevo.

10 de diciembre de 2011
Debería ser otra yo
Porqué me gustan esos diálogos refinados y enrevesados. En los que, con un lenguaje cuidado se puede ofender a una dama o insultar a un caballero. Me gusta más el escenario rural que no el urbano que caracteriza el siglo veintiuno. Que una de mis preocupaciones principales fuera mi vida social no supondría ningún problema, ni tampoco tener que esmerarme en atraer a cierto caballero que pudiera ser mi futuro marido. Ciertamente, más que un problema sería un deleite para mí.
Sería dichosa si pudiera verme a mi misma dando vueltas grácil y delicada en una ballroom ataviada con un bello y largo vestido mientras mi pareja me sonríe de manera cordial, con una mano en mi cintura y otra cogida de la mía. Y el sonido de un violín acompañando nuestros pasos no haría otra cosa que sacarme una dulce sonrisa.

7 de diciembre de 2011
Las estrellas si saben sonreír
Las cosas han cambiado. Tengo la deliciosa impresión de que todas para bien. Mi cuerpo ha dejado atrás la piel infantil, el espejo me confirma que las curvas de mujer son ahora mías completamente. Mi mente da prioridad a asuntos distintos, los cuáles en una edad de inocencia ni siquiera sabía de su existencia. Mi personalidad también ha sufrido variaciones. Me gustaría decir que he madurado. Yo creo que lo podríamos llamar así. Al fin y al cabo de eso se trata la adolescencia. De madurar, de volverse adulto. Aunque visto como me he comportado esta noche, aún disto mucho de la madurez, y no quiero salvar la distancia que nos separa.
He reído como hacía tiempo que no reía; hemos intercambiado confidencias; hemos compartido miedos, deseos, experiencias, anécdotas y muchísimas cosas más que alargarían el etcétera una barbaridad. Con ella no he tenido que fingir nada en absoluto. Mis carcajadas se unían con las suyas y resonaban claras por la habitación. Luego cuando el mantel nocturno nos ha cubierto hemos temblado juntas mientras nos abrazábamos para darnos calor y amistad. Cuando la tontería nos ha subido a la cabeza nos hemos columpiado hasta que nuestros pies han tocado las estrellas al mismo tiempo que nuestra cabeza no paraba de rodar. Nos hemos vuelto abrazar, a saltar emocionadas por el hecho de estar en excelente compañía y cogidas de las manos hemos dado vueltas incansables dependiendo nuestro equilibrio de nuestra unión. El equilibrio aún continúa.
Ella es mi estrella.

3 de diciembre de 2011
A medias tintas
Hace tiempo que no lloro. ¿Me estaré volviendo de piedra? Noto cómo mi melena, más larga de lo que jamás la tuve, ondea en el viento. Mi sonrisa parece no hallar límites. Cada vez me sube a los ojos, ninguna es falsa. Tengo ganas de sonreír. Creo que soy feliz. Algo falla, pero continuo siendo dichosa. Carezco de motivos en este instante. Hago oídos sordos a lo que pueda decir la gente, ya no vivo atada a mi timidez, creo y deseo. He cambiado, para bien. Temo el cambio y al mismo tiempo le doy la bienvenida. ¿Es acaso esto la felicidad? O ¿será otro sentimiento?

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