Hago una pregunta retórica a la vida: ¿Puedes ir a peor? Por desgracia mía se lo toma como un reto y decide fastidiarme, si cabe más aún, el día por completo. Lo que al principio parecía un día lluvioso de noviembre se ha metamorfoseado en un día en que las lágrimas caen libremente y con tal fuerza que te corroen la garganta y te enrojecen todo tu rostro crispado por la tristeza.
Cuando el sol estaba alto iluminaba una bella amistad sin embargo la luz de la luna se reflejaba en un charco de agua que salía de mis ojos irritados. Cada sollozo significaba la represión de una avalancha de sentimientos que desesperaban por salir. Cada gotita que resbalaba por mi tez concentraba en su seno un millar de todas mis penas y una pizca de mis alegrías. Las penas salían a borbollones pero cada bocanada de aire hacía que se multiplicaran incansablemente como una colonia de virus que se extiende por el cuerpo paralizando tu mente razonable. Las alegrías también escapaban de mi cuerpo. Iban deprisa a mezclarse de tal manera con las tristezas que me era imposible filtrarlas.
Y ahí me encontraba yo. Metida bajo el edredón abrigada por todas mis esperanzas rotas, por todos los recuerdos que me susurraban al oído un agrio adiós. Maldiciendo cada misera parte de mi yo por ser la culpable de lo sucedido y al mismo tiempo la indefensa víctima. Quería expresar todas mis emociones y con tanta ansia que solo conseguía que mis palabras fuesen malinterpretadas.
Ahora vuelvo a estar bajo la colcha, pero no me rodean las mismas cosas. Aún tengo el mal sabor de boca y la garganta reseca después de llorar la velada entera, pero ahora voy a sonreír a la oscuridad mientras me acompañe. Cierto que las cosas no son como eran antes. He roto una parte de una amistad de cerámica y he conseguido arreglarla, desgraciadamente se pueden ver todas las fisuras y se van a quedar ahí para siempre. Aún no he descubierto como las cosas han vuelto a su lugar; lo importante es que lo han hecho. Quizás fuesen las lágrimas que las arrastraron corriente abajo conduciéndolas a su lugar. Quien sabe...
Y ahí me encontraba yo. Metida bajo el edredón abrigada por todas mis esperanzas rotas, por todos los recuerdos que me susurraban al oído un agrio adiós. Maldiciendo cada misera parte de mi yo por ser la culpable de lo sucedido y al mismo tiempo la indefensa víctima. Quería expresar todas mis emociones y con tanta ansia que solo conseguía que mis palabras fuesen malinterpretadas.
Ahora vuelvo a estar bajo la colcha, pero no me rodean las mismas cosas. Aún tengo el mal sabor de boca y la garganta reseca después de llorar la velada entera, pero ahora voy a sonreír a la oscuridad mientras me acompañe. Cierto que las cosas no son como eran antes. He roto una parte de una amistad de cerámica y he conseguido arreglarla, desgraciadamente se pueden ver todas las fisuras y se van a quedar ahí para siempre. Aún no he descubierto como las cosas han vuelto a su lugar; lo importante es que lo han hecho. Quizás fuesen las lágrimas que las arrastraron corriente abajo conduciéndolas a su lugar. Quien sabe...




