22 de enero de 2012

Un final


Tras pensarlo mucho he llegado a un decisión. 
Cerraré este blog. No definitivamente,
quien sabe si nacerán en mi otra vez
esas ganas de escribir y compartir. 
Por varias razones he decidido no escribir más.
Bueno, eso es mentira. Escribiré cuando tenga tiempo,
pero será en un papel o en un word que solo yo leeré. 
No quiero parecer una desagradecida. 
Por eso quiero dar las gracias. 
Gracias:
A todos los que leíais mis entradas.
A los que las leíais y las comentabais.
A todos esos usuarios (ya se darán por aludidos)
que me brindaron su apoyo incondicional.
Por esos comentarios que me animaban a seguir. 
Por todo eso y un poco más. 
Podría hacer una lista interminable con todos 
los usuarios que para mi significaban más que un
comentario en una de mis entradas. 
Pero no lo haré. 
Siento que haya terminado así, tras casi 2 años. 
Pero la vida es así. Además he empezado a distribuir 
de otro modo mi tiempo libre. 
Y me he dado cuenta que en mi lista de prioridades
mi blog siempre quedaba muy atrás
aunque ganas no me faltaban. 
Añadid a eso la falta de inspiración que últimamente tenía. 
Os pido perdón por un adiós tan...tan...repentino, por así decirlo. 
Dejaré esta entrada durante un mes. 
Día 22 de Febrero cerraré el blog, temporalmente.
Espero volver a unirme a vosotros algún día.
Quien sabe. 
Os deseo lo mejor a todos. 
Que vuestro año esté lleno de momentos felices. 

Para aquellos que lo deseen os dejo mis links:
Correo electrónico: lapetitalittle@gmail.com

3 de enero de 2012

Embriaguez


Era noche-vieja. Reyna ya estaba lista. Fue a ver a Fiz y le enseñó el precioso vestido que llevaba dando vueltas sobre si misma mientras el pelo le volaba libremente durante un breve instante. El vestido le sienta fenomenal y le realza cada centímetro de su cuerpo que está cubriendo. Unos zapatos de tacón ensalzan su figura. Fiz debe censurar más de un pensamiento subido de tono. Se odia a si mismo cada vez que ocurre.
Pasada la medianoche se reúnen con un grupo de amigos. Bailan al son de la música cantada por un grupo de jóvenes de veinte años. Reyna ya lleva alcohol en su cuerpo, Fiz va sobrio. Ya empieza a hacer efecto en ella, baila salvajemente, sus miradas son descaradas y mentir empieza a dársele francamente mal.
-¿Has visto a ese tío? ¡Está como un tren! - dice casi gritando para que lo escuche su amigo. Pero no es el único.
-Estás borracha. - Dijo con voz neutra y cara inexpresiva, hoy no estaba de humor
-¡No! A ti te pasa algo, en serio. Llevas días estando muuuuuy raro. - Acaba medio riendo porque ahora todo lo parece gracioso.
-¡No me pasa nada!
-He notado que me miras diferente.
-Has bebido.
-Antes ya lo he notado. Y que me evitas, ¿acaso te he hecho algo?
-No. Ahora déjalo ya.
Más tarde, cuando faltaba poco para que saliera el sol y Reyna iba más bebida aún, ésta le susurro a Fizz al oído:
-Voy tan borracha que ahora podrías aprovecharte de mi y hacer lo que quisieras conmigo, y probablemente no me acordaría de nada.
Fizz se limitó a abrazarla, cuando cayó rendida se la llevó en brazos, cargándola todo el camino hasta su casa.

28 de diciembre de 2011

Imaginaciones


Suena el teléfono.
-Mamá, cógelo tú. Yo estoy viendo la peli - grita la hija
Al cabo de un par de minutos su madre hace acto de presencia en la sala de estar.
-Fiz, era tu madre. Tus padres van a cenar fuera, no te importa quedar a dormir en casa, ¿verdad?
-Mm...en absoluto. - y sonríe
-Perfecto, ahora voy a poner el colchón en la habitación de Reyna.
Ella interviene:
-¡Que si mamá! - dice alargando todas las vocales, cansada - ahora déjanos acabar la peli que está justo en el mejor momento.
No es la primera noche que Fiz duerme en casa de los Sanz, pero siente que algo ha cambiado. Hacía tiempo que no quedaba a dormir, un año aproximadamente. Ya no son los dos niños de antaño, ya no son inocentes criaturas que hacen pasar las horas a base de interminables juegos infantiles. Tienen cerca de dieciséis años y la piel de infante quedó largo tiempo atrás. Bien que lo sabe él.
Más tarde esa noche, bajo una colcha que huele a lavanda, no consigue conciliar el sueño. Reyna duerme en su cama y él, en el suelo en un colchón. Pero lo que no le permite dormir son sus propios pensamientos. Le turba el hecho de, casi, haberse excitado con su mejor amiga. Contempla el techo liso y una ráfaga de imágenes atraviesan su mente. En todas se halla ella. Al principio son simples recuerdos, luego imaginaciones. En una están ambos cara a cara, compartiendo el mismo aire mientras las distancias entre sus narices se acorta. Sus bocas están peligrosamente cerca, escasos centímetros que él se ocupa de hacer desaparecer.
¡No! Cierra los ojos con fuerza y menea la cabeza para sacudirse esa imagen que parece entestada en permanecer viva. Abre los ojos y se da cuenta de que está frente a frente con el rostro de Reyna con una expresión de tranquilidad. Desconcertado le da la espalda y se aleja hasta el borde de su colchón hasta que llega a sentir el frío mármol.

12 de diciembre de 2011

Las chispas pueden provocar incendios


El televisor está dando la lata. Lleva así largo rato, desde que pausaron la película para dar la irritante publicidad. Reyna se inclina para poder llegar al control remoto sin tener que levantarse. A su lado está su mejor amigo, Fiz. Ambos en pijama, tumbados en el sofá y con acogedoras mantas cubriéndoles las piernas. Ella está contenta de que haya tanta confianza entre ellos dos, le gusta poder ir en pijama y con el pelo de cualquier manera sin tener que preocuparse un solo segundo de como debería lucirse. Le encanta esa situación desenfadada.
Con la punta de los dedos consigue acercar un poco más el mando y finalmente, tras un par de intentos, lo consigue. Su pijama blanco a rayas grises finas y claras es insinuante. Le va pequeño. Se le sube a cada movimiento que da y los pechos de mujer adulta se le marcan notablemente. Los botones están desabrochados y el escote es provocativo. Es traicionero, porqué al inclinarse se le sube, el escote deja a la vista más de lo que debería ser mostrado y se ciñe aún más a su esbelta figura. Fiz, es un chico, uno cualquiera y ante tan tentadora imagen delante de sus mismísimas narices no puede ignorarlo. Le mira el escote y le enciende por dentro. Reyna, ignorante de todo cuanto está sucediendo en tan solo un par de segundos, baja el volumen. Fiz sigue mirando sus pechos, de repente, como volviendo de un trance, despierta. Retira inmediatamente los ojos para fijarlos en el monitor. Un rubor enciende sus mejillas poderosamente y su cuerpo se tensa. La chica le mira extrañada pero no le da mayor importancia y sube el volumen porque la película empieza de nuevo.

10 de diciembre de 2011

Debería ser otra yo


Yo nací en el lugar equivocado y muchos años después de lo que debería. No sé si debería culpar a todos los libros románticos de esa época que he leído y que tanto adoro. Quizás sean ellos los que me han inculcado ideas que difieren de las que tienen todos los demás. A mi no me importaría casarme y dedicar mi vida a mis retoños. Ni tener que asistir a bailes y cenas vistiendo elegantemente inclinándome ante mis anfitriones. Siento que debería haber sido contemporánea de Jane Austen y de muchos más. Que España no debería ser mi tierra, sino más bien, la lluviosa Inglaterra. 
Porqué me gustan esos diálogos refinados y enrevesados. En los que, con un lenguaje cuidado se puede ofender a una dama o insultar a un caballero. Me gusta más el escenario rural que no el urbano que caracteriza el siglo veintiuno. Que una de mis preocupaciones principales fuera mi vida social no supondría ningún problema, ni tampoco tener que esmerarme en atraer a cierto caballero que pudiera ser mi futuro marido. Ciertamente, más que un problema sería un deleite para mí. 
Sería dichosa si pudiera verme a mi misma dando vueltas grácil y delicada en una ballroom ataviada con un bello y largo vestido mientras mi pareja me sonríe de manera cordial, con una mano en mi cintura y otra cogida de la mía. Y el sonido de un violín acompañando nuestros pasos no haría otra cosa que sacarme una dulce sonrisa. 

7 de diciembre de 2011

Las estrellas si saben sonreír


Las cosas han cambiado. Tengo la deliciosa impresión de que todas para bien. Mi cuerpo ha dejado atrás la piel infantil, el espejo me confirma que las curvas de mujer son ahora mías completamente. Mi mente da prioridad a asuntos distintos, los cuáles en una edad de inocencia ni siquiera sabía de su existencia. Mi personalidad también ha sufrido variaciones. Me gustaría decir que he madurado. Yo creo que lo podríamos llamar así. Al fin y al cabo de eso se trata la adolescencia. De madurar, de volverse adulto. Aunque visto como me he comportado esta noche, aún disto mucho de la madurez, y no quiero salvar la distancia que nos separa.
He reído como hacía tiempo que no reía; hemos intercambiado confidencias; hemos compartido miedos, deseos, experiencias, anécdotas y muchísimas cosas más que alargarían el etcétera una barbaridad. Con ella no he tenido que fingir nada en absoluto. Mis carcajadas se unían con las suyas y resonaban claras por la habitación. Luego cuando el mantel nocturno nos ha cubierto hemos temblado juntas mientras nos abrazábamos para darnos calor y amistad. Cuando la tontería nos ha subido a la cabeza nos hemos columpiado hasta que nuestros pies han tocado las estrellas al mismo tiempo que nuestra cabeza no paraba de rodar. Nos hemos vuelto abrazar, a saltar emocionadas por el hecho de estar en excelente compañía y cogidas de las manos hemos dado vueltas incansables dependiendo nuestro equilibrio de nuestra unión. El equilibrio aún continúa.
Ella es mi estrella.

3 de diciembre de 2011

A medias tintas


Hay tanta tranquilidad por aquí. La música, últimamente mi amiga más fiel y atenta, me susurra a los oídos una pieza para piano y un dulce violín melancólico. Mi madre duerme, no sé dónde anda mi padre, añoro mi hermana que ni siquiera se encuentra bajo el mismo techo. El cielo, un tanto nublado, se va apagando, pronto serán las seis y ya nadie podrá saber que hora es con exactitud. Yo estaré desorientada por la falta de sol. No puedo evitar mirar por las ventanas, constantemente. Ni la puerta. ¿Qué estoy esperando? Estoy confusa, frunzo el ceño, no me gusto cuando mi frente está surcada de arrugas. Pienso en mucha gente al mismo tiempo. Cada uno tiene su papel en mi mente. Algunos no pintan nada y los echo fuera de la función. Otros desearía que quedaran vagando junto a mi eternamente. Pero la palabra "eterna" asusta. Se irán, lo sé.
Hace tiempo que no lloro. ¿Me estaré volviendo de piedra? Noto cómo mi melena, más larga de lo que jamás la tuve, ondea en el viento. Mi sonrisa parece no hallar límites. Cada vez me sube a los ojos, ninguna es falsa. Tengo ganas de sonreír. Creo que soy feliz. Algo falla, pero continuo siendo dichosa. Carezco de motivos en este instante. Hago oídos sordos a lo que pueda decir la gente, ya no vivo atada a mi timidez, creo y deseo. He cambiado, para bien. Temo el cambio y al mismo tiempo le doy la bienvenida. ¿Es acaso esto la felicidad? O ¿será otro sentimiento?

29 de noviembre de 2011

Mundo: off


Pongo los auriculares bien adentro en mis orejas. Le doy al botón  play, y dejo que la música bien alta me inunde la cabeza. Casi me duele la cabeza. Sé que no es bueno, pero en este momento necesito que la música resuene en mi mente más alto de lo que debería. Que duela la cabeza un rato para aligerar la carga que estos días ha soportado mi corazón. Las letras de las canciones son tarareadas cuando la calle está desierta y solo se oye mi ruidoso andar. Llego a oírlo como un eco lejano. Subo más el volumen hasta que ahogo mis propios pasos. Sé el título de cada pista y sé que historia esconden esas palabras. Quiero hacer mías esas historias. Deseo sentir la felicidad, la tristeza, el amor, la desesperación de cada una, aunque sea durante un mísero instante, uno sólo. Con tal de no tener mis propios sentimientos. En mi garganta parecen unos dedos largos, de pianista; fríos como el mármol; de tez pálida. En mi corazón es una opresión ininterrumpida, que me impide ser totalmente feliz. Y en mi mente es como un sedante, me deja adormilada, espesa y creo que mi materia gris ha desaparecido.
Una canción me susurra que las palabras son vacías. Dejo que me convenza, creo que tiene razón, su melodía me seduce y hace que le olvide. Que olvide a ese chico. A ese maldito chico que era, y es, una maldita ilusión, un oasis, un espejismo. No es verdad. Si que es real, como tal, pero para mi no era más que una falsa ilusión. Una tontería. Y pensar que él ha sido capaz, sin ser consciente de ello, que ha desecho mi interior. He decidido que solo la música debe tener la llave para penetrarme, nadie más.

16 de noviembre de 2011

La velada más triste de mi vida


Hago una pregunta retórica a la vida: ¿Puedes ir a peor? Por desgracia mía se lo toma como un reto y decide fastidiarme, si cabe más aún, el día por completo. Lo que al principio parecía un día lluvioso de noviembre se ha metamorfoseado en un día en que las lágrimas caen libremente y con tal fuerza que te corroen la garganta y te enrojecen todo tu rostro crispado por la tristeza.
Cuando el sol estaba alto iluminaba una bella amistad sin embargo la luz de la luna se reflejaba en un charco de agua que salía de mis ojos irritados. Cada sollozo significaba la represión de una avalancha de sentimientos que desesperaban por salir. Cada gotita que resbalaba por mi tez concentraba en su seno un millar de todas mis penas y una pizca de mis alegrías. Las penas salían a borbollones pero cada bocanada de aire hacía que se multiplicaran incansablemente como una colonia de virus que se extiende por el cuerpo paralizando tu mente razonable. Las alegrías también escapaban de mi cuerpo. Iban deprisa a mezclarse de tal manera con las tristezas que me era imposible filtrarlas.
Y ahí me encontraba yo. Metida bajo el edredón abrigada por todas mis esperanzas rotas, por todos los recuerdos que me susurraban al oído un agrio adiós. Maldiciendo cada misera parte de mi yo por ser la culpable de lo sucedido y al mismo tiempo la indefensa víctima. Quería expresar todas mis emociones y con tanta ansia que solo conseguía que mis palabras fuesen malinterpretadas.
Ahora vuelvo a estar bajo la colcha, pero no me rodean las mismas cosas. Aún tengo el mal sabor de boca y la garganta reseca después de llorar la velada entera, pero ahora voy a sonreír a la oscuridad mientras me acompañe. Cierto que las cosas no son como eran antes. He roto una parte de una amistad de cerámica y he conseguido arreglarla, desgraciadamente se pueden ver todas las fisuras y se van a quedar ahí para siempre. Aún no he descubierto como las cosas han vuelto a su lugar; lo importante es que lo han hecho. Quizás fuesen las lágrimas que las arrastraron corriente abajo conduciéndolas a su lugar. Quien sabe... 


5 de noviembre de 2011

*Lluvia*


Desperté. Había olvidado por completo esa música de piano que sonaba incansable en el reproductor con el modo repetición. Durante media hora había cortado la conexión entre el mundo y yo. Tumbada en el sofá, con la vista en el techo blanco intentaba volver a la realidad. Estiré la manta hasta que cubrió la punta de mi nariz, pero el frío se coló por los, ahora, indefensos pies. Y así de repente me sentí incómoda, allí echada. Dejé la manta tirada a un lado y en un instante sentí el impulso de correr. Yo siempre obedezco mis impulsos del momento. Subí corriendo las escaleras de dos en dos y cuando llegué a mi habitación me senté en frente de la ventana para contemplar el tiempo otoñal.
Me gusta perder el aliento. Luego recuperarlo, mientras oigo mi respiración agitada, verme reflejada en el vidrio y observar que enseño un poco los dientes al tener la boca abierta. Me encanta esa sensación de reírme aún cuando no tengo la respiración acompasada. Miré hacía un lado, sonaron las campanas de la iglesia tocando no-sé-que-hora. Ni que me importara a mí. Y como si alguien hubiese abierto el grifo empezó a diluviar.
El agua caía con una fuerza inaudita, e incluso yo que adoro estar bajo la lluvia me lo hubiese pensado dos veces. Las calles ya inundadas dejaron de ser calles. Ahora eran ríos, torrentes, riachuelos que a cada minuto se agrandaban. Los tejados chorreaban y les faltaba muy poco para ser cascadas en miniatura. Bendito sonido que me llena los oídos y tiene ese algo que no entiendo y que hace que mi humor aumente a medida que lo hace la intensidad. Cuanto más llueve más paz hay en mi interior. Si por mi fuera podría venir la estación de lluvias y que el monzón arrastrara todo lejos de aquí. Podría llevarse todos mis males.

29 de octubre de 2011

Placeres en miniatura


Deslizar mi mano por el pasamanos; sentir los rayos de sol sobre mis parpados cerrados; acariciar los tallos altos de las plantas; teclear un número de un ser querido de memoria; ponerme un mechón detrás de la oreja para quitarlo segundos después; dejar que las yemas de mis dedos sientan la textura de las páginas de un libro; mirar al cielo hasta que me duela el cuello, encontrar esa constelación que tiene un nombre que nunca recuerdo; mirar una foto y recordar el momento; acordarme de personas que hace años que no veo, imaginar su cara, imaginarlos en el presente y pronunciar su nombre en voz baja; temblar cuando hace frío. 
Por extrañas razones todos esos pequeños hechos y detalles me producen una peculiar y agradable sensación de satisfacción. Son cosas superfluas sin sentido y en las que nadie se fija, pero yo sí. Me fijo en ellas y cuando las hago sé lo que espero de ellas. Sé que cuando me columpie como una chica pequeña hasta sentir un débil mareo y zumbido en las orejas y me bajé de un salto voy a sentir eso. "Eso" cuesta de describir. Me imagino que muchos de vosotros lo haréis cuando nadie os mire o sin que nadie se consciente, y me entenderéis. 
Pero yo y mi curiosa manía de querer definir y etiquetarlo todo. De preverlo todo antes de que atisbe algo en la esquina. Pero así soy yo y ahora mismo no me apetece cambiar. Quizás mañana o pasado mañana no me gustará dar vueltas con un vestido mientras danzan conmigo las faldas (¡cruzo los dedos para que jamás pase semejante cosa!) y querré cambiarlo por otra cosa. Pero por el momento estoy contenta conmigo misma y cambiar se me hace casi pesado. Yo soy, y mientras sea, estoy contenta. Probablemente lo que he dicho no tenga siquiera significado coherente, pero justamente ahora, me da igual. 

22 de octubre de 2011

Imperdonable por mi parte


Hacía tiempo que no escribía. Diez soles han iluminado el cielo desde entonces. No es mucho el tiempo transcurrido, pero para mi es casi una eternidad. No me acordaba del placer que me suponía, y aún supone, el sonido de las teclas al ser presionadas, ni el hecho de ver palabras aparecer en una palabra que antes era blanca. Blanca y pura. Y yo la lleno con mil palabras, mis palabras, mis ideas y pensamientos. Quizás pase de ser pura a impura, ¿pero que más me da a mi? Estoy ensuciando un color mientras limpio mi mente. Si comparamos yo gano, hay más blancos en este mundo, y muchos necesitan ser impuros.
He hecho correr el boli muy a menudo encima de papel. Pero eran palabras con significados académicos que para nada pueden procurarme una satisfacción. Ahora lo visualizo en mi mente, claramente: yo, tan cerca del papel que si me arrimara un poquito más la punta de mi nariz rozaría la suave textura del papel. Con útil en mano, una espada que brindo en el aire y que no dudo un solo segundo en usar. La hago bailar con movimientos extravagantes y enloquecidos hasta que yo o ella caemos rendidos. Es la espada de mi expresión. La que plasma todo lo abstracto que ronda en mi interior, la que me libera y me defiende, en muchas ocasiones de mi mente.
Por eso ella, que me conoce lo suficiente como para recorrerme entera en mi interior, me ruega que no deje a las motas de polvo posarse en ella. Que saque a relucir su hoja afilada y cortante. Que la deje cortar el aire con hermosas palabras literarias. Que no la deje nunca oxidarse a un lado y que a menudo se la exhiba al sol. Y se lo he prometido. Y yo nunca falto a mis promesas.

11 de octubre de 2011

No te subas nunca


Jamás en mi vida llorar me había resultado más amargo.Ni las lagrimas han corroído sobremanera mi mente ni tampoco la pena por la cuál he llorado ha sido más extraordinaria que nunca. De hecho, ha sido lo mismo de siempre. Esos bajones que me pillan desprevenida, como cuando una ráfaga de viento se cuela por debajo de tu ropa y un desagradable escalofrío recorre todo tu ser. Si ha sido más arduo ha sido por el mero hecho de compartirlo. Lo he compartido con él. Ese por el que albergaba incómodos sentimientos, falsos como espejismos. Si que fui una tonta. Y creía que la cosa no podía ir a más. Cuán equivocada estaba, y estoy.
Llorar delante de una pantalla es bastante patético. ¿Lo es más cuando hay, lo que llamamos, un amigo detrás enviándome virtualmente palabras con sentido aparente que pretenden animarme, aunque sea temporalmente? Soy más ingenua, de eso no cabe duda alguna. ¿Quién es tan necio de creer que con un par de días nace una amistad? Hablamos de una amistad con mayúsculas. Nadie, solo yo, esta yo.
Yo que soy un fardo de emociones y sentimientos que se enredan como los hilos de la lana, que en un principio lejano desconocido estaba todo ordenado. Pero ahora hay un desorden monumental en mi cabeza. Lloro y una montaña rusa me transporta por toda mi mente. Descubriéndome todos los recovecos oscuros que ni yo conocía. Las palabras de él, mi amigo, que luego no se acuerda de contestarme o que lo hace escuetamente, sus palabras aparentemente bañadas en luz me animan, pero durante unos pocos segundos. Hasta la nueva bajada de la atracción donde no dejo de cuestionarlo todo. Sobretodo su amistad.

9 de octubre de 2011

No puede estar pasando


Creo cada vez más que todo lo sucedido esta tarde es un gravísimo error. Debería haber ido a pasear sola en lugar de con él. Pasear parecía una cosa tan bonita e inocente. Ha sido inocente y tan bien muy bonito. Pero ha sido un duro golpe para mi mente inactiva. Ya no me acordaba de la incertidumbre que se siente cuando no sabes si esa relación es una simple amistad. Probablemente por su parte sea solo y tan solo eso. Lo que en verdad es y debería ser. Sin más. Pero ahora viene lo peor. Yo. Yo soy el problema. Y espero solo causar estragos en mi misma. No podría soportar ver como una amistad es como agua entre mis manos.
¿Por qué diablos tengo que querer mientras paseamos que nuestras manos se rocen? O ¿con que finalidad se me aparecen instantes en que nuestras caras están peligrosamente y tan deseablemente cerca? 
Mejor olvidamos todos esos porqués que probablemente me provocarían insomnio durante veladas enteras. No, gracias. Esto no puede ni debe asemejarse a ningún sentimiento de esa clase. En nuestra amistad no hay cabida para atracción, deseo, ternura, amor, besos, caricias. No me queda más remedio que decirme: Cierra los ojos y olvidale. Todos los segundos que no lo recuerdes serán segundos carentes de todo lo prohibido. Pero entonces el me habla y abro los ojos desmesuradamente. Soy una tonta rematada.

7 de octubre de 2011

Contagiarlas


En una mesa, de cualquier cocina de ninguna casa en particular, se hallaban sentadas dos mujeres. Mujer hecha y derecha solo una, ya menopáusica con medio siglo usado y un hijo por el que se desvivía como buena madre entregada. Delante y sonriente estaba Quiteria. Su sobrina, la pequeña, no la favorita. Porque ella odiaba los favoritismos. Siempre decía mientras sonreía abiertamente: "Yo, cariño, tengo espacio ilimitado en mi corazón. No os peleéis por caber en él, pues tengo espacio de sobras para todos. No os quiero del mismo modo, pero os quiero por igual"
Quiteria estaba en plena adolescencia. Totalmente en crecimiento, de todo tipo. Quiteria se alborotó el pelo fino con un gesto despreocupado y que le daba un aire de dulzura. Torció su cabeza ligeramente y más su sonrisa. Su tía se la devolvió, pero era diferente. No simple, era pícara y divertida. La muchacha no cayó en semejante detalle. Claro que si lo hubiera hecho el momento posterior hubiera carecido de gracia. 
Un grito de susto resonó por toda la estancia. Su silla se movió y ella dio tal salto que casi quedó derecha. El motivo: unas manos que la habían agarrado por la cintura, desprevenida, y le había susurrado un ¡Bú! bien fuerte, al oído y a traición. Cosme no podía ni mirarla, pues se estaba partiendo de risa mientras se abrazaba su estómago, que probablemente le dolía de tanto reír. Justo detrás de ella. Su madre también se reía a carcajadas contagiándola. Su primo la cogió de la mano y se la acercó. Se abrazaron. Quiteria lo abrazó con fuerza mientras ambos reían y ella le daba colpecitos en la espalda por "hacerle eso", y él apretandola más.

2 de octubre de 2011

Epílogo: Jovita


Jovita sacó de debajo de la cama una cajita de madera decorada con filigranas doradas. Tan solo quería mirarla. Últimamente tenía que sacarla a relucir, no sabía porqué. Notaba como algo en su interior se movía inquieto y la incomodaba sumamente. Cómo por arte de magia el candado, que mantenía a los miedos infantiles bajo control, cedió. La tapa se abrió violentamente y lo único que podía hacer Jovita era abrir más y más los ojos, desmesuradamente. Fue en ese momento cuando unos miedos sin forma y de borrosa silueta hicieron madurar a la tierna Jovita. Ese instante crucial en que las sombras se metieron en su cuerpo sin la inocencia infantil, hicieron salir a empujones su primera etapa de la vida. Y a empellones la hicieron meterse en la piel de adolescente que le quedaba grande, aún.
Desde el mismísimo momento en que Jovita empezó a tener miedo las cosas cambiaron radicalmente. Antes tenía una habilidad pasmosa de coleccionar esas mariposas que eran la base de su felicidad. Sin embargo, ahora era mucho más torpe cogiéndolas. A menudo las cogía con poco tacto y estropeaba las delicadas alas multicolores; otras veces, se escabullían de entre sus dedos y volaban insolentes delante de sus narices; pero otras, simplemente no las veía.
Un día mientras repasaba todas las mariposas que había coleccionado a lo largo de su corta, pero a su entender larga, vida. Y vio una. Una de color azul eléctrico, o al menos ese fue su color antaño. Miró la etiqueta amarillenta que pendía de ella. "Primavera. 8 años". Se preguntó como consiguió un ejemplar en tiempos tan turbulentos y revueltos. Cogió un pequeño frasco y metió al pobre insecto doblandole las alas.
Corrió descalza con el frasco en la mano mientras su vestido volaba. Sin aliento se tiró al suelo de rodillas. Escavó frente al Mediterráneo, muy muy muy profundo, un hoyo donde poder enterrar a la mariposa del pasado. Tenía que enterrar su pasado. Viviría con él, pero no podía convivir con él.

The End ~

27 de septiembre de 2011

Jovita crece


Con el tiempo Jovita aprendió a decir que si y emitir sonidos, escuchando lo que su padre le decía pero sin prestarle atención. Él ni se daba cuenta. Muchas veces se hacía la cansada y se dormía en el coche para ahorrarse una hora de palabrería. Al principio ella le contaba lo que su padre le decía a su madre, excepto lo de los correos por culpa de su falsa culpabilidad. Fue entonces cuando su madre le explicó su versión. Al ver que sus historias no cuadraban en casi nada Jovita, ya con diez años, decidió que no querría volver a oír nada más acerca del tema. Ambos progenitores no acabaron de entender sus motivos y alegaron que debía saber la verdad. Ella no les contestó que prefería tener su propia versión a pesar de que, probablemente, fuera errónea.
Vivió años feliz y casi ignorante. A medida que pasaban los años ya no podía creerse lo que su mente creó hacía ya un par de años. Contaba los doce cuando su hermana hizo las paces con su padre, y trece cuando volvieron a enfadarse.
Y un día pasados muchos meses fue a casa de su tía, la hermana de su madre. Ella era la única de la familia que se llevaba "bien" con su padre tras lo ocurrido. Ella fue la única, la primera y la última que le contó la verdad. Pero eso jamás se lo dijo a su padre, hubiese significado un distanciamiento brutal. Ni a su madre que hubiese sido como ponerse de su parte. Y eso eran dos cosas que ella no quería que sucedieran.
Si no quería ponerse del lado de nadie era porque la relación de sus padres era una batalla a campo abierto. Y es cierto que en medio se recibe más que en ningún otro sitio, pero posicionarse hubiese significado recibir el golpe directamente y ella no era una chica tan dura. Ella fue Suiza y siempre lo fue.

24 de septiembre de 2011

La mariposa fugaz de Jovita


Se decidió que Jovita iría a ver a su padre dos veces al mes. Ella, que no estaba resentida con su padre, estaba contenta de poder verlo aunque solo fueran fines de semana. Aún no había pasado ni un año desde el divorcio y las emociones continuaban a flor de piel, al menos, y especialmente, para el padre. En el primer momento en que su hija menor subió al coche él empezó a contarle su versión. Esa que era de todo menos verídica. Y se lo explicó todo. Sin ningún tipo de tapujos. Y le dijo con una  sonrisa maliciosa:
-¿Sabes qué, Jovita? Tengo pruebas irrefutables de que tu madre me engañó. Tengo todos sus correos electrónicos. Todos. Cuando lleguemos a casa te enseñaré algunos. Mañana si quieres leemos los demás. 
En ese momento la niña que miraba más allá del vidrio del coche lo bajó. Y sin casi darse cuenta una de esas mariposas que ella tanto quería se fugó por la ventana. Esa mariposa se llamaba Felicidad. 
Al traspasar la puerta, la chica rendida se dejó caer encima de su cama, pero su padre le dijo que se levantara, ella obedeció y muy a su pesar se levantó mientras se frotaba los ojos exhaustos. En el dormitorio del padre, en un armario y en una caja se hallaban todas las impresiones de cada correo electrónico. Jovita no pudo evitar pensar que eso era violar la intimidad de otros sin embargo no reunió valor suficiente como para hacérselo saber a su padre.
Divertido, su padre le puso un folio delante mientras con un dedo señalaba y leía una frase que había escrito su madre: "Aún pienso en cuando bailábamos desnudos en esa habitación de madera y nos dábamos besos con sabor a fresa". Jovita cerró los ojos para evitar que una imagen se colará en su infantil mente. Pero ya era tarde. Ahora los veía a ambos bailando con los cuerpos sin ropa y pegados. 
Sin mediar palabra se fue a dormir a su cama y se cubrió con la colcha hasta la nariz. Se sentía culpable, y ella no había hecho nada malo.

15 de septiembre de 2011

Los padres de Jovita


El padre de Jovita y Paola, llevado por la rabia empezó a tejer una telaraña de mentiras alrededor de esa historia que ya de por si sola era deprimente y complicada. La poca cautela que tuvo, hizo que él mismo quedara preso de sus propios hilos y terminó por tragarse toda esa sarta de mentiras. Al final él construyó una nueva versión. Era una mezcla de todo lo que creía que había pasado, de muchas falsedades y una pizca de sentimientos agrios. Todo eso a fuego lento era una maldición que iba a pesar sobre las cabezas de algunos pocos afortunados.
Unos meses más tarde, la madre de las chicas se mudó. Traspasó una masa azulada que tiene un bonito nombre para encontrar una península. En esa tierra en la que no parecía tener nada ella tenía esperanza, amor y futuro. Una nueva casa, con un nuevo hombre. Trajo con ella a sus retoños. El padre rencoroso, sostenía que se las había llevado a la fuerza, pero lo que en verdad pasó fue lo siguiente:
La madre y su amante querían vivir juntos, por supuesto que querían. Pero la mujer se superpuso a sus propios deseos alegando que ya vivirían juntos (si aún duraba lo suyo) hasta que las niñas fueran ya mayores de edad. El amante aceptó. Lo que ninguno de los dos esperaban ver a Paola suplicar a su madre con una marea de lagrimas para que se la llevara lejos de ahí. A la península. Ese fue el verdadero propulsor. No el afán de ambos amantes. Cierto era que Jovita llegó con medias verdades y que le supo muy mal el cambio. Pero también es cierto que al final ella se adaptó y llegó a ser feliz.
Mientras ellas construían un nuevo hogar parecía que el progenitor estaba terminando la maldita poción.

13 de septiembre de 2011

La hermana de Jovita


Paola se estaba acostumbrando a usar el decimosexto número en lugar del quince. Mucha gente decía que ella y su hermana menor se parecían muchísimo. Ambas con el mismo pelo, las mismas facciones y más tarde algunos ademanes que probablemente la pequeña le copió. Pero eso no le molestaba en absoluto, más bien lo contrario, sentir que su hermanita, le siguiese los pasos hacia que se hinchara más de amor que de orgullo. El orgullo podría ser una virtud y un defecto al mismo tiempo, pero en ella era tan acentuado que la mayoría de veces se tornaba negativo.
Imaginaros como tuvo que ser para ella, una adolescente tan inestable como el otoño y tan impredecible como el mar, ver el divorcio de sus padres. Su hermana tenía sobre los ojos un tupido velo que no le dejaba ver la realidad pero ella, ella parecía tener unos prismáticos en lugar de ojos. Todos los errores bajo su mirada eran analizados y a pesar de que jamás pidió oír las dos versiones, y solo una le llegó, ella juzgó. Probablemente mal.
Creyó saberlo todo y con eso juzgó a su padre. Su progenitor, pero parecía haber dejado de serlo. Una noche malas palabras se intercambiaron, como flechas ponzoñosas se clavaron en ambos corazones ofendidos. La flecha del padre hirió el potente orgullo de la chica. El arma de la hija se quedó atravesada para siempre en el pecho del hombre. Poco tardó el herido en perdonar mas el dolor del veneno corrió libremente por sus venas. Sin embargo en ella la herida nunca cicatrizo, pareció haber habido una tentativa pero luego supuró. Ella pareció optar a amputarse esa parte de su vida. Tenía padre, si, lo tenía, y continuaba considerándolo como tal aunque no puedo deciros con certeza si le quería o no. Cruzo los dedos para que haya un granito de amor. Solo uno. Uno solo.

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