9 de octubre de 2011

No puede estar pasando


Creo cada vez más que todo lo sucedido esta tarde es un gravísimo error. Debería haber ido a pasear sola en lugar de con él. Pasear parecía una cosa tan bonita e inocente. Ha sido inocente y tan bien muy bonito. Pero ha sido un duro golpe para mi mente inactiva. Ya no me acordaba de la incertidumbre que se siente cuando no sabes si esa relación es una simple amistad. Probablemente por su parte sea solo y tan solo eso. Lo que en verdad es y debería ser. Sin más. Pero ahora viene lo peor. Yo. Yo soy el problema. Y espero solo causar estragos en mi misma. No podría soportar ver como una amistad es como agua entre mis manos.
¿Por qué diablos tengo que querer mientras paseamos que nuestras manos se rocen? O ¿con que finalidad se me aparecen instantes en que nuestras caras están peligrosamente y tan deseablemente cerca? 
Mejor olvidamos todos esos porqués que probablemente me provocarían insomnio durante veladas enteras. No, gracias. Esto no puede ni debe asemejarse a ningún sentimiento de esa clase. En nuestra amistad no hay cabida para atracción, deseo, ternura, amor, besos, caricias. No me queda más remedio que decirme: Cierra los ojos y olvidale. Todos los segundos que no lo recuerdes serán segundos carentes de todo lo prohibido. Pero entonces el me habla y abro los ojos desmesuradamente. Soy una tonta rematada.

7 de octubre de 2011

Contagiarlas


En una mesa, de cualquier cocina de ninguna casa en particular, se hallaban sentadas dos mujeres. Mujer hecha y derecha solo una, ya menopáusica con medio siglo usado y un hijo por el que se desvivía como buena madre entregada. Delante y sonriente estaba Quiteria. Su sobrina, la pequeña, no la favorita. Porque ella odiaba los favoritismos. Siempre decía mientras sonreía abiertamente: "Yo, cariño, tengo espacio ilimitado en mi corazón. No os peleéis por caber en él, pues tengo espacio de sobras para todos. No os quiero del mismo modo, pero os quiero por igual"
Quiteria estaba en plena adolescencia. Totalmente en crecimiento, de todo tipo. Quiteria se alborotó el pelo fino con un gesto despreocupado y que le daba un aire de dulzura. Torció su cabeza ligeramente y más su sonrisa. Su tía se la devolvió, pero era diferente. No simple, era pícara y divertida. La muchacha no cayó en semejante detalle. Claro que si lo hubiera hecho el momento posterior hubiera carecido de gracia. 
Un grito de susto resonó por toda la estancia. Su silla se movió y ella dio tal salto que casi quedó derecha. El motivo: unas manos que la habían agarrado por la cintura, desprevenida, y le había susurrado un ¡Bú! bien fuerte, al oído y a traición. Cosme no podía ni mirarla, pues se estaba partiendo de risa mientras se abrazaba su estómago, que probablemente le dolía de tanto reír. Justo detrás de ella. Su madre también se reía a carcajadas contagiándola. Su primo la cogió de la mano y se la acercó. Se abrazaron. Quiteria lo abrazó con fuerza mientras ambos reían y ella le daba colpecitos en la espalda por "hacerle eso", y él apretandola más.

2 de octubre de 2011

Epílogo: Jovita


Jovita sacó de debajo de la cama una cajita de madera decorada con filigranas doradas. Tan solo quería mirarla. Últimamente tenía que sacarla a relucir, no sabía porqué. Notaba como algo en su interior se movía inquieto y la incomodaba sumamente. Cómo por arte de magia el candado, que mantenía a los miedos infantiles bajo control, cedió. La tapa se abrió violentamente y lo único que podía hacer Jovita era abrir más y más los ojos, desmesuradamente. Fue en ese momento cuando unos miedos sin forma y de borrosa silueta hicieron madurar a la tierna Jovita. Ese instante crucial en que las sombras se metieron en su cuerpo sin la inocencia infantil, hicieron salir a empujones su primera etapa de la vida. Y a empellones la hicieron meterse en la piel de adolescente que le quedaba grande, aún.
Desde el mismísimo momento en que Jovita empezó a tener miedo las cosas cambiaron radicalmente. Antes tenía una habilidad pasmosa de coleccionar esas mariposas que eran la base de su felicidad. Sin embargo, ahora era mucho más torpe cogiéndolas. A menudo las cogía con poco tacto y estropeaba las delicadas alas multicolores; otras veces, se escabullían de entre sus dedos y volaban insolentes delante de sus narices; pero otras, simplemente no las veía.
Un día mientras repasaba todas las mariposas que había coleccionado a lo largo de su corta, pero a su entender larga, vida. Y vio una. Una de color azul eléctrico, o al menos ese fue su color antaño. Miró la etiqueta amarillenta que pendía de ella. "Primavera. 8 años". Se preguntó como consiguió un ejemplar en tiempos tan turbulentos y revueltos. Cogió un pequeño frasco y metió al pobre insecto doblandole las alas.
Corrió descalza con el frasco en la mano mientras su vestido volaba. Sin aliento se tiró al suelo de rodillas. Escavó frente al Mediterráneo, muy muy muy profundo, un hoyo donde poder enterrar a la mariposa del pasado. Tenía que enterrar su pasado. Viviría con él, pero no podía convivir con él.

~ The End ~

27 de septiembre de 2011

Jovita crece


Con el tiempo Jovita aprendió a decir que si y emitir sonidos, escuchando lo que su padre le decía pero sin prestarle atención. Él ni se daba cuenta. Muchas veces se hacía la cansada y se dormía en el coche para ahorrarse una hora de palabrería. Al principio ella le contaba lo que su padre le decía a su madre, excepto lo de los correos por culpa de su falsa culpabilidad. Fue entonces cuando su madre le explicó su versión. Al ver que sus historias no cuadraban en casi nada Jovita, ya con diez años, decidió que no querría volver a oír nada más acerca del tema. Ambos progenitores no acabaron de entender sus motivos y alegaron que debía saber la verdad. Ella no les contestó que prefería tener su propia versión a pesar de que, probablemente, fuera errónea.
Vivió años feliz y casi ignorante. A medida que pasaban los años ya no podía creerse lo que su mente creó hacía ya un par de años. Contaba los doce cuando su hermana hizo las paces con su padre, y trece cuando volvieron a enfadarse.
Y un día pasados muchos meses fue a casa de su tía, la hermana de su madre. Ella era la única de la familia que se llevaba "bien" con su padre tras lo ocurrido. Ella fue la única, la primera y la última que le contó la verdad. Pero eso jamás se lo dijo a su padre, hubiese significado un distanciamiento brutal. Ni a su madre que hubiese sido como ponerse de su parte. Y eso eran dos cosas que ella no quería que sucedieran.
Si no quería ponerse del lado de nadie era porque la relación de sus padres era una batalla a campo abierto. Y es cierto que en medio se recibe más que en ningún otro sitio, pero posicionarse hubiese significado recibir el golpe directamente y ella no era una chica tan dura. Ella fue Suiza y siempre lo fue.

24 de septiembre de 2011

La mariposa fugaz de Jovita


Se decidió que Jovita iría a ver a su padre dos veces al mes. Ella, que no estaba resentida con su padre, estaba contenta de poder verlo aunque solo fueran fines de semana. Aún no había pasado ni un año desde el divorcio y las emociones continuaban a flor de piel, al menos, y especialmente, para el padre. En el primer momento en que su hija menor subió al coche él empezó a contarle su versión. Esa que era de todo menos verídica. Y se lo explicó todo. Sin ningún tipo de tapujos. Y le dijo con una  sonrisa maliciosa:
-¿Sabes qué, Jovita? Tengo pruebas irrefutables de que tu madre me engañó. Tengo todos sus correos electrónicos. Todos. Cuando lleguemos a casa te enseñaré algunos. Mañana si quieres leemos los demás. 
En ese momento la niña que miraba más allá del vidrio del coche lo bajó. Y sin casi darse cuenta una de esas mariposas que ella tanto quería se fugó por la ventana. Esa mariposa se llamaba Felicidad. 
Al traspasar la puerta, la chica rendida se dejó caer encima de su cama, pero su padre le dijo que se levantara, ella obedeció y muy a su pesar se levantó mientras se frotaba los ojos exhaustos. En el dormitorio del padre, en un armario y en una caja se hallaban todas las impresiones de cada correo electrónico. Jovita no pudo evitar pensar que eso era violar la intimidad de otros sin embargo no reunió valor suficiente como para hacérselo saber a su padre.
Divertido, su padre le puso un folio delante mientras con un dedo señalaba y leía una frase que había escrito su madre: "Aún pienso en cuando bailábamos desnudos en esa habitación de madera y nos dábamos besos con sabor a fresa". Jovita cerró los ojos para evitar que una imagen se colará en su infantil mente. Pero ya era tarde. Ahora los veía a ambos bailando con los cuerpos sin ropa y pegados. 
Sin mediar palabra se fue a dormir a su cama y se cubrió con la colcha hasta la nariz. Se sentía culpable, y ella no había hecho nada malo.

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