Se decidió que Jovita iría a ver a su padre dos veces al mes. Ella, que no estaba resentida con su padre, estaba contenta de poder verlo aunque solo fueran fines de semana. Aún no había pasado ni un año desde el divorcio y las emociones continuaban a flor de piel, al menos, y especialmente, para el padre. En el primer momento en que su hija menor subió al coche él empezó a contarle
su versión. Esa que era de todo menos verídica. Y se lo explicó todo. Sin ningún tipo de tapujos. Y le dijo con una sonrisa maliciosa:
-¿Sabes qué, Jovita? Tengo pruebas irrefutables de que tu madre me engañó. Tengo todos sus correos electrónicos. Todos. Cuando lleguemos a casa te enseñaré algunos. Mañana si quieres leemos los demás.
En ese momento la niña que miraba más allá del vidrio del coche lo bajó. Y sin casi darse cuenta una de esas mariposas que ella tanto quería se fugó por la ventana. Esa mariposa se llamaba Felicidad.
Al traspasar la puerta, la chica rendida se dejó caer encima de su cama, pero su padre le dijo que se levantara, ella obedeció y muy a su pesar se levantó mientras se frotaba los ojos exhaustos. En el dormitorio del padre, en un armario y en una caja se hallaban todas las impresiones de cada correo electrónico. Jovita no pudo evitar pensar que eso era violar la intimidad de otros sin embargo no reunió valor suficiente como para hacérselo saber a su padre.
Divertido, su padre le puso un folio delante mientras con un dedo señalaba y leía una frase que había escrito su madre: "Aún pienso en cuando bailábamos desnudos en esa habitación de madera y nos dábamos besos con sabor a fresa". Jovita cerró los ojos para evitar que una imagen se colará en su infantil mente. Pero ya era tarde. Ahora los veía a ambos bailando con los cuerpos sin ropa y pegados.
Sin mediar palabra se fue a dormir a su cama y se cubrió con la colcha hasta la nariz. Se sentía culpable, y ella no había hecho nada malo.