Ella en frente del gran espejo. Se siente insignificante, una nonada. Su cuerpo, recién sumergido en agua tibia, chorreaba y su larga melena se aferraba a su piel suave y tersa. La superficie que le devolvía su reflejo la intimidaba. Le estaba enseñando descaradamente su desnudez y eso le producía inseguridad. Incómoda, se acercó a verse a si misma. Empezó por su bello rostro. Escondido tras un mechón rebelde había un resto de su adolescencia que se mostraba reticente en marcharse. Bajó su mirada un poco hasta sus senos turgentes, los cogió entre sus manos para inmediatamente apartarlas, sonrojada. Agudizó un poco más la vista para ver una cosa que jamás había visto antes en su cuerpo. Una peca, oscura. No estaba ahí hacía un par de días. O quizás si y ella no lo había visto. Era un puntito perdido en medio de la carne, solo eso.
El descubrimiento se hubiese podido quedar allí, pero su mente empezó a sacar apresuradas conclusiones. Quien sabe si falsas o ciertas. Era pronto para saberlo. Volvió a mirarse la peca, pero desde distintos ángulos. Y por eso entonces de ver una manchita marrón le pareció ver un cáncer. Melanoma, un tumor de las células. Se espanta y abre los ojos de par en par. No, no, no, no! Pero no llegan ni a salir de su garganta. "Dicen que es un cáncer de
jóvenes, y yo estoy en la flor de la vida..."
Se pone la ropa aprisa y tiene que abrocharse los sostenedores más de una vez de lo mal que se los ha puesto. Sale corriendo vestida y con el pelo empapado.
-¡Madre! - y un punto de desesperación tiñe su voz. - Pídeme hora para el dermatólogo,
¡ya!